Andrés Oppenheimer, con su agudo punto de vista, destaca lo que todos los peruanos hoy gozamos: La continuidad en la política económica del Presidente brasileño, Luis Inacio Lula Da Silva con relación a su antecesor Fernando Henriquez Cardoso.
Decisión brasileña que también es la conducta del Perú en materia económica desde que asumió el gobierno Alan García al mejorar las lìneas matrices de lo hecho por Alejandro Toledo. Podemos citar, la construcción de la gran obra de CAMISEA, entre otros que le ha permitido afrontar, con serenidad, la crisis económica internacional.
Oppenheimer da mayores detalles acerca de su visión internacional:
Brasil arrastrará a la región como hizo China con Asia"
Andrés Oppenheimer (Buenos Aires, 1951) sostiene que hay una gran contradicción entre los discursos y la realidad en América Latina. Los mandatarios proclaman en las cumbres la unidad regional, pero lo cierto es que para algunos países es más fácil exportar pollos a China que a algún país vecino. De esa falta de integración surge el nombre del nuevo libro del periodista argentino, Los Estados desunidos de las Américas (Algaba), que presenta hoy en Madrid.
Pregunta. ¿Tiene remedio esa desunión?
Respuesta. Sí, por supuesto. Pero va a hacer falta que nos riamos todos de las payasadas de los presidentes en estas cumbres para que se den cuenta del ridículo que están haciendo. Si América Latina no se integra en aspectos concretos no va a poder competir en la economía global.
P. ¿Debe Brasil capitanear ese liderazgo?
R. Yo creo que Brasil arrastrará al resto de América Latina como China hizo con Asia, porque, aunque tiene una política exterior lamentable, de apoyo a cuanta dictadura exista, es un modelo de continuidad económica y de éxito. El éxito brasileño es muy sencillo: no tratar de inventar el agua tibia ni cambiar la política cada cinco años. El gran éxito de [el presidente] Lula fue continuar las políticas económicas de Fernando Henrique Cardoso. Por otro lado, hay una corriente de presidentes narcisistas-leninistas que creen que el auge de las materias primas supone un modelo económico. Pero lo cierto es que los países que más están reduciendo la pobreza son Chile y Brasil, no los países del ALBA [Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, que lidera el presidente venezolano, Hugo Chávez].
P. ¿Cómo cree que está gestionando Brasil el liderazgo regional?
R. Está ocupando los espacios que deja vacíos México. Cuando se iniciaron las cumbres suramericanas, uno pensaba: Brasil se queda con Suramérica y México, con Centroamérica. Pero en la crisis de Honduras, por ejemplo, hemos visto que los protagonistas han sido Brasil y Costa Rica.
P. ¿Por qué está perdiendo México peso en la región?
R. El presidente [Felipe] Calderón está haciendo cosas buenas en muchos sentidos, pero en política exterior se ha quedado dormido. Quizás porque quiera diferenciarse de [Vicente] Fox, quizás porque está muy consumido por su lucha contra el narcotráfico. Pero sea por lo que sea, está cometiendo un error. En la crisis de Honduras, México no aparece en la foto. Hoy en día, el que no aparece en la foto, el que no tiene protagonismo, pierde posiciones.
P. ¿Qué solución tiene el golpe de Honduras?
R. [Roberto Micheletti y Manuel Zelaya] llegarán a un acuerdo porque Honduras depende de la ayuda exterior. Los candidatos presidenciales no van a querer llegar a unas elecciones sabiendo que van a ser repudiados por la comunidad internacional. Van a asumir la presidencia de un país en bancarrota. Su presión y la del exterior va a forzar a que lleguen a un acuerdo, que tiene que ser un Gobierno de unidad, con representación de Zelaya y del régimen de hecho.
P. ¿Con Zelaya a la cabeza?
R. Quizás con Zelaya a la cabeza y con las manos atadas para que no haga lo que pretendía, un golpe desde dentro, como los de Chávez en Venezuela.
P. En Colombia, Álvaro Uribe sigue sin aclarar si se volverá a presentar a la reelección. ¿Qué supondría un nuevo mandato?
R. [La reelección] es pésima para Colombia, para Latinoamérica y para Uribe. Desbarata todo lo que construyó, que es combatir una insurrección armada desde la democracia. Si va a hacer lo mismo que Chávez, que es cambiar la Constitución para reelegirse, no tiene ningún argumento para aducir que es diferente a él. Ojalá no lo haga.
P. La llegada de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos generó muchas expectativas en Latinoamérica. Sin embargo, apenas ha prestado atención a la región. ¿Es una decepción?
R. No, no lo creo. Hay que reconocer que heredó la mayor crisis económica y la peor imagen de Estados Unidos en la historia reciente. Tiene una guerra en Afganistán y otra en Irak. Pero claro que me gustaría que le prestara más atención. Le va a costar, porque no tiene una gran historia personal con América Latina. Y porque los republicanos no le dejan. Están bloqueando la nominación de Arturo Valenzuela para la Secretaría de Estado. América Latina es la única región que no tiene un equipo que lo represente.
P. ¿Por qué están poniendo tantas trabas?
R. Por rencillas, por politiquería interna. Están bloqueando la nominación de Valenzuela y la de Thomas Shannon [secretario de Estado durante la Administración Bush] porque no están de acuerdo con la actitud de Estados Unidos en la crisis de Honduras.
La familia peruana GONZALES SAMANIEGO quiere, con ustedes, contruir una lección de vida que nos sirva a todos para ser mejores en lo que nos gusta. Eso nada más: SER MEJORES.
miércoles, 21 de octubre de 2009
lunes, 19 de octubre de 2009
MESSI, MESSI...MESSI
LEONI MESSI se ha convertido, en los últimos tiempos y con justa razón, uno de los jugadores más importantes del fútbol del siglo XXI.
Nos impacta su vistoso juego, pero sobre todo su genialidad en el trato cariñoso, amable y sensible de la pelota de fútbol sorprende al mundo entero.
A ello debemos sumar su sencillez y la manera como lleva la relación con la fama y la fortuna dejan también sorprendido a los aficionados y a todo aquel que le encanta el fútbol.
Un rica crónica de Jhon Carlin nos muestra la realidad del talentoso y genial Messi:
Peter Pan en el olimpo del fútbol
JOHN CARLIN
Humilde, tímido, menudo. Leo Messi reserva toda su expresividad para el campo. Y ésa puede ser la clave que le aúpe a lo más alto. Es el nuevo genio del fútbol mundial. El ‘crack’ de un equipo, el Barça, que este miércoles, ante el Manchester United, puede redondear una temporada histórica.
Leo Messi nació en Rosario, Argentina, hace casi 22 años, era muy chiquito de pequeño, pero marcaba 100 goles por temporada, hoy es el jugador determinante del Barça y de su selección, marca goles que pasarán a la historia, juega con la pelota pegada a los pies..
“Hace cosas que nadie ha hecho nunca... es el nuevo Maradona”, dice Eto’o
No, eso ya lo sabemos todos (al que no lo sepa se le podría preguntar, como dijo el locutor de radio cuando Diego Maradona marcó el mejor gol de la historia contra Inglaterra en el Mundial de 1986: "¿De qué planeta viniste?"). Empecemos otra vez.
He entrevistado a Messi en dos ocasiones, la última para EL PAÍS hace un mes, y si se me ofreciera una tercera posibilidad de hacerlo, respondería cortésmente que no; no, gracias. Algún intercambio después de un partido, tal vez, pero tiene poco sentido para un periodista sentarse a hablar con él y exigirle perlas de autorreflexión. O tan poco sentido, digamos, como haberle pedido a Luciano Pavarotti que nos mostrase lo que era capaz de hacer vistiendo pantalón corto en el Camp Nou. Entre amigos quizá se lo pasaba bien Pavarotti con un balón; del mismo modo que, con sus íntimos, puede que Messi se suelte en conversación (aunque tampoco tanto, porque la palabra tímido es la que repiten con más frecuencia todos los que le conocen cuando hablan de él). Pero juzgar a Pavarotti en base a su actuación en un campo de fútbol, o a Messi en función de cómo habla en público, es tan absurdo como injusto. Como lo es sacar la conclusión, no infrecuente, de que Messi no es una persona inteligente.
Messi es mucho más que una persona inteligente. Es un genio que reserva toda su expresividad para el campo de fútbol. Y para ser genio se requiere, en el ámbito que sea (ópera, violín, ballet, natación, tenis, libros), una capacidad cerebral singular. Con la diferencia de que tiene más mérito ser el mejor jugador de fútbol del planeta que ser el mejor en cualquier otra cosa. Por la sencilla razón de que hay más competencia. Habrá decenas de miles de personas que desean ser grandes cantantes de ópera o tocar magistralmente el violín o ser primeras bailarinas o bailarines; habrá cientos de miles que aspiran a jugar al tenis como Rafa Nadal o nadar como Michael Phelps o escribir como García Márquez. Pero cientos de millones de soñadores, de niños, e incluso adultos, que aspiran a ser el más grande, sólo hay en una disciplina, el fútbol.
La vida profesional de un futbolista es trágicamente corta. Pero cuánta gente habrá que lo cambiaría todo por ser no sólo el que muchos consideran el futbolista más talentoso y eficaz de la tierra, sino el que medio mundo pagaría (y paga) por ver jugar. Porque el placer de presenciar las maravillas que Messi es capaz de hacer con un balón -esos toquecitos eléctricos que le da con la punta del pie, esos movimientos como de ardilla, que se frena en seco, y sale disparado, y se vuelve a frenar- es algo único, sólo suyo, que, para gran parte de la humanidad, no tiene precio.
Lo dicen los aficionados de a pie en todo el mundo. Y lo dicen los profesionales del deporte. Acabo de estar un par de semanas en Suráfrica, sede del Mundial de 2010, hablando con la gente de fútbol, y cada vez que les pedía su opinión de Messi, no importaba que fuesen políticos o barrenderos o jugadores, los ojos se les ponían como platos. Cuando le pregunté a un delantero del equipo profesional Amazulu qué pensaba de Messi, se infló los cachetes y soltó un largo "¡uuuuffff!". Los compañeros de equipo de Messi en el Barcelona, el mejor Barcelona de todos los tiempos, según Juande Ramos, entrenador del Real Madrid, responden de manera similar. Samuel Eto'o dice que ver a Messi en el campo es como ver "dibujos animados". Thierry Henry confiesa que con Messi en el campo corre el peligro de convertirse en un mero espectador: "Lo que él hace es increíble y debo tener cuidado de no quedarme mirando sus movimientos". Gabriel Milito, que también juega con Messi en la selección argentina, dijo hace un par de años en una entrevista con EL PAÍS: "A cada partido te preguntas: '¿Cómo lo ha hecho?' Llegas al partido pensando: '¿Qué hará Messi?'. Le conocí en Argentina. En el primer entrenamiento con la selección supe que era diferente a todos. He jugado con enormes futbolistas, pero ninguno como Leo".
En cuanto a opiniones fuera de su entorno profesional, destaca una de Fabio Capello, seleccionador inglés y ex entrenador del Real Madrid. Comparándolo en abril con Cristiano Ronaldo, del Manchester United, con el que se retará en un duelo en la final de la Liga de Campeones este miércoles, Capello afirmó en abril que aunque el portugués del Manchester United jugaba a "un altísimo nivel", el "genial" era Messi. Otros madridistas tampoco se cortan. Arjen Robben, el extremo holandés con el que algunos fanáticos del Bernabéu le llegaron a comparar, ha dicho de Messi: "Para mí es de otro planeta. Es el mejor, diferente al resto". Alfredo di Stéfano, otro genio argentino, declaró a finales del año pasado que Messi era "el número uno porque juega y hace jugar; crea y finaliza". "Ojalá", agregó, "lo tuviera el Madrid". Lo mismo piensa, no lo duden, Florentino Pérez, que por una vez parece estar condenado a seguir soñando.
Una de las cosas que quedaron claras en la entrevista que le hice para este periódico el mes pasado fue que no había tenido ningún contacto con Pérez y que no pensaba jamás traicionar al Barcelona como lo hizo en su día Luis Figo. "No me iría de acá, de Barcelona, ni a Madrid ni a ningún otro lado," declaró.
En el campo, Messi es un derroche de talento, energía y claridad. Pero cara a cara con un periodista, todas sus respuestas son cortas e imprecisas. No se extiende nunca. Es famosísimo y admirado por mucha más gente de la que él se puede imaginar, pero emite una extraña inocencia, como si no acabara de entender por qué alguien querría entrevistarle. Humilde y respetuoso siempre, responde lo mínimo necesario para no ser descortés. Poco más. ¿Qué le parece aquello que ha dicho Di Stéfano de usted, que es grande porque crea y finaliza? "Sí, todo es lindo, ¿no?," contesta, sin sonreír. "Sobre todo cuando viene de gente tan ilustre". ¿Ha tenido compañeros en el Barcelona que le han ayudado a mejorar como jugador? "No, la verdad es que no. Mi juego siempre es el mismo". ¿Hay algún jugador que admira fuera del Barcelona o de la selección argentina? "No. Qué se yo... La verdad es que no". ¿Algún otro deporte que le podría interesar? "Me gusta mirar tenis, basket..., pero tampoco lo sigo tanto...". ¿Y cuando no juega al fútbol, qué le gusta hacer? "Y... Estar con la familia".
Si Messi consideró que las preguntas fueron banales (muy posible) o repetitivas (también, posible), no lo delató. Ni altivo ni desdeñoso, como lo pueden ser otros famosos del fútbol, lo que llamó la atención fue su sencillez, la ausencia de pretensión de ningún tipo. No luce tatuajes visibles, ni pendientes, ni ropa de moda (vestía vaquero y camiseta blanca), ni nada que haría que en la calle se le mirara dos veces. No podría ser más diferente a David Beckham, o incluso a su único rival para el título de mejor del mundo, Cristiano Ronaldo, que juega al fútbol como si las luces del escenario brillasen únicamente para él. Después de marcar un golazo de casi 40 metros, el mes pasado, contra el Oporto en cuartos de final de la Liga de Campeones, Ronaldo declaró: "Es el mejor gol de mi vida. Fue un disparo fantástico y me muero de ganas de verlo otra vez en DVD".
Messi no ve sus goles después de un partido. Ése fue el dato más revelador que salió de nuestra entrevista.
¿Ve mucho fútbol en televisión?, le pregunté. "No. No miro fútbol," contestó. ¿Ni sus propios goles? "No. No. Tampoco". ¿Ni partidos de equipos a los que se va a enfrentar, como los ingleses en la Champions? "Me gusta, obviamente, entrenar, jugar..., pero mirarlo, la verdad que no. No soy de mirar".
He aquí una pista para descifrar el particular genio de Leo Messi. No mira; actúa. Cuando no participa en el juego, cuando observa, vive callado en la sombra. Cuando tiene un balón a sus pies, canta, brilla como el sol. No hay más que leer la biografía escrita por el periodista italiano Luca Caioli, Messi: el niño que no podía crecer, o ver el documental que hizo Informe Robinson, en Canal Plus, sobre su infancia en Rosario, ciudad industrial a 300 kilómetros de Buenos Aires, y su llegada al Barcelona, club en el que aterrizó con 13 años, para constatar que, lazos familiares aparte, Messi vive y siempre ha vivido única y exclusivamente para jugar al fútbol.
Lo familiares, los amigos, las profesoras, los entrenadores que tenía cuando era pequeño, todos ofrecen variaciones sobre el mismo tema: "Cuando jugaba al fútbol, ya fuera en un campo o en la calle, se transformaba"; "era impresionante porque lo hablábamos y decíamos: 'Mirá al Leo, siempre con una pelota en la mano"; "era un nene tranquilo, era tímido, como se ve ahora... con la pelota se transformaba, era otra persona, era asombroso ver el cambio que producía"; "él brillaba, brillaba cuando jugaban en los recreos".
Y hoy sigue jugando como si fuera un niño, como si no fuera consciente de los millones que siguen por televisión cada paso que da en el campo. Como si el largo recorrido, los sacrificios que ha hecho y la valentía que ha demostrado para llegar a donde ha llegado, a la cima de una gigantesca montaña llena de alpinistas que ha dejado por el camino, no hubieran dejado huella.
A diferencia de su abuela, que sí la dejó. Messi se pasó la mayor parte de sus primeros cuatro años de vida dando puntapiés a un balón hasta que un día la abuela, como recordó en nuestra entrevista (siempre recuerda a su abuela, muy futbolera ella, fan de Maradona), lo introdujo en el deporte de su vida al insistir en que lo dejaran jugar en un equipo infantil de Rosario cuyos jugadores tenían dos años más que él. Él siempre fue muy pequeño para su edad, algo que se hacía aún más evidente en aquella primera liguilla en la que jugó, pero se convirtió instantáneamente en el crack de su equipo, llamado Grandoli. Las patadas eran la única forma de pararle ("pero sin maldad, eran chicos", me dijo en la entrevista con un exceso de generosidad), pero él nunca se arrugaba. Como hoy en el Barcelona, cuanto más le pegaban, más lo volvía a intentar.
De Grandoli se fue al gran equipo profesional rosarino, Newell's Old Boys, y fue allí donde durante cinco años marcó una media de 100 goles por temporada. Y eso que seguía siendo muy pequeñito. Un médico le diagnosticó un problema de insuficiencia hormonal que le impedía crecer con la naturalidad debida. Le recetó una inyección diaria en la pierna, pero el tratamiento era muy caro. Ni la asistencia social ni su club podían abordar el coste indefinidamente, lo que persuadió a su padre, Jorge, a volar con él a Barcelona en septiembre de 2000 a ver si el club catalán le contrataba y le pagaba las inyecciones.
Tenía 13 años cuando se puso a prueba en el Barça. Carles Rexach, el ex jugador y entrenador del primer equipo, fue el encargado de decidir su destino. Tardó siete minutos en hacerlo, mientras daba la vuelta a un campo de césped artificial en el que estaba jugando el pequeño Leo. Era el martes 3 de octubre de 2000, a las cinco de la tarde, en un partido en el que, por enésima vez, Messi se enfrentaba a jugadores más grandes que él. "¿Quién es ése?", preguntó Rexach, al llegar al final de su recorrido. "Messi", le dijeron. "Collons, l'hem de fitxar ara mateix", respondió Rexach, según él mismo ha recordado. Alguna persona del entorno le comentó que quizá era demasiado pequeño, como de futbolín, a lo que Rexach (que aquel día ganó la lotería para el club que le paga el sueldo) contestó: "Pues tráeme a todos los jugadores de futbolín porque los quiero en mi equipo".
Jorge Messi trabajaba de jefe de sección en una siderúrgica en Rosario, pero entonces se trasladó a Barcelona a ligar su futuro y el del resto de la familia -eran tres hermanos- al porvenir de su hijo menor, el más silencioso, el más brillante. Su madre, Celia, se quedó en Rosario. Leo tuvo que ir a un colegio nuevo en una ciudad extraña donde muchas veces la gente hablaba un idioma que él desconocía. Pasados unos meses, los padres le dieron la opción de volver a casa, donde podrían reunificar la familia dividida, pero él, con sus 13 años, no lo dudó: se quedaría y triunfaría en Barcelona. Quizá parte de esa fuerza y confianza que demostró es atribuible, precisamente, a su familia, que todo el mundo que ha tratado con ella, sean periodistas o gente del Barça, define como sana, unida y cariñosa, con los pies firmemente en la tierra.
Una de las personas que más trato cercano ha tenido con Messi, tanto en lo futbolístico como en lo personal, es Juanjo Brau, fisioterapeuta y recuperador empleado por el Barcelona. Brau, que le conoce desde que llegó a España, es el puente entre el Barça y la familia Messi. A petición expresa de Messi y su familia, acompaña al jugador a donde vaya, cuando se tuvo que recuperar de una lesión durante un mes la temporada pasada en Rosario, e incluso ahora, cuando viaja a Argentina o a Bolivia con su selección. A lo largo de una entrevista de una hora reflexiona sobre Messi como el propio Messi lo haría si tuviera el don, o el interés. Brau tiene el personaje absolutamente interiorizado y le tiene tanto afecto como si fuera un primo favorito. Como todos los que le conocen, Brau constata que Messi es introvertido, pero que se hace querer.
"Sólo por lo chiquito, cuando llegó, le cogías cariño. Se daba a la gente, siempre con una sonrisa tímida en la boca. Y a la vez es muy cercano al pueblo, al contrario que una estrella de cine. Lo sigue siendo hoy. Es el icono del fútbol mundial ahora, así lo veo. Leo Messi es la imagen del fútbol, su esencia. Hace cosas inalcanzables para otros futbolistas, pero permanece humilde, familiar. La fama no le ha cambiado en nada como persona. Su centro es su familia, que siempre está con él, entre Rosario y Barcelona. Es tan cariñoso como siempre, con los mismos amigos de antes. Él no olvida a la gente que estuvo con él, y no le gustan los privilegios. Prefiere andar con la gente en la calle que rodeado de seguridad. Y no esquiva. Siempre se para para la foto, el autógrafo".
Brau dice que él ha sido muy bien recibido no sólo por la familia Messi, donde ya parece ser casi uno más, sino incluso por el entorno de la selección argentina, por el propio Maradona, el actual seleccionador. Como si supieran que su presencia le da serenidad. "Le miro a los ojos por la mañana y sé cómo está. No tiene que hablar," dice Brau, que revela lo que puede ser la clave de ganar la confianza de Messi cuando dice: "Le sé respetar su espacio y su silencio".
Dentro de su espacio y su silencio ya ha hecho historia. Impresionó a sus compañeros en los equipos inferiores, entre ellos al centrocampista Cesc Fábregas, hoy del Arsenal, y, como repiten un testigo tras otro, ganaba partidos solo. "Era, con diferencia, el mejor," dice Brau. "Hacía lo mismo con el balón que ahora, aunque el balón le quedaba enorme. Había una gran desproporción. Pero pensaba y ejecutaba con una velocidad tal, que aunque el rival supiera lo que le iba a hacer, no le podía parar".
Por eso siempre lo ponían de titular cuando había que jugar un partido decisivo, aunque tuviera que jugar dos partidos en dos días. "Ya con 15 años había mucho peso sobre él. Lo sabía. Sabía que era líder, y maduró así, porque, siendo el Barça, tenía que ganar. Tuvo mucha presión de joven. De ahí sale su carácter competitivo".
Y el desparpajo necesario para debutar en el primer equipo contra el Oporto a los 16 años. Luego ganó el Mundial sub 20 con Argentina, siendo elegido el mejor jugador del torneo. Y con 17 años se consagró, o, como él me dijo en un atípico flash de orgullo, "se me conoció", en un amistoso de pretemporada en 2005 en el Camp Nou contra la Juventus, cuyo entrenador entonces, Fabio Capello, respondió a su estelar actuación preguntando: "¿Quién es ese diavolo?".
El diavolo, según lo ve Brau, es un talento innato. "No se puede entender. El balón es la continuidad de su cuerpo. Fue Carlos Bilardo [seleccionador argentino en tiempos de Maradona] el que dijo que si le hiciéramos una radiografía veríamos un objeto redondo, un balón, pegado al pie".
Lo cierto es que sin el balón Messi se siente menos, como si le cortaran el acceso a un órgano vital. "Si a Leo le quieres hacer feliz", explica Brau, "dale un balón. Cuando hago trabajo de readaptación, traigo un balón, porque sin el balón no es completo. El balón es su mejor amigo en el fútbol. Él es feliz cuando juega. Si no juega una noche, todo el día está nervioso. No es un buen día para él, sea por lesión, o por tarjetas, o por decisión del técnico. Para ser feliz tiene que hacer esto. Su vida se reduce a esto. Dentro de la grandeza es muy simple".
Messi y el balón son como el pez y el agua. El grado de interdependencia entre una cosa y la otra se demostró en una anécdota contada por otra persona del entorno del Barça. Durante una gira por Asia en 2005, Messi, recién llegado al primer equipo, tuvo que pasarse todo un partido en el banquillo. Enfrente había un pequeño muro, al nivel de sus rodillas. Se pasó el partido entero chutando un balón de manera hipnótica contra el murito, un toque tras otro, sin parar. "Estaba como fuera de sí", recuerda la persona que lo presenció, "como si el balón fuera una especie de droga".
O un objeto de amor. Cuando le pregunté en una entrevista que le hice en 2007 si, como decían los brasileños, acariciaba al balón como si fuera una mujer, se sonrojó. Pero no lo negó. Aquel año, tras ganar la Liga española y la de Campeones en 2006 (aunque no jugó los últimos partidos por lesión), el mundo futbolero se enamoró definitivamente de él. Tres goles que marcó aquel año en el espacio de tres meses hicieron saltar al diavolo a las alturas del Olimpo.
El primero, memorable tanto por las circunstancias del partido como por la ejecución, fue en marzo de 2007, en el superclásico de la Liga española, Barcelona contra Real Madrid. Era el último minuto del partido. El Barça, que jugaba con diez hombres tras una expulsión, perdía 2 a 3. Messi recibió el balón en el semicírculo al borde del área. No había posibilidad de nada. Toda la defensa (y todo el ataque) del Madrid estaba atrás; su único objetivo, evitar el gol del empate. Messi giró a la izquierda, hizo un regate relámpago que dejó a dos jugadores madridistas tumbados, y entró en el área. Todavía tenía a Sergio Ramos, el mejor defensa del Madrid, e Iker Casillas, el mejor portero del mundo, por delante. Superó a Ramos y colocó la pelota en la esquina de la portería, pegada al poste, dejando a Casillas sin posibilidad de alcanzarla. Todo ocurrió en un parpadeo: el gol del empate, el tercer gol de Messi en un 3-3 que aquella noche definió al argentino para los cientos de millones que siguieron el partido en televisión como uno de los grandes.
La segunda obra de arte, el mes siguiente, fue su célebre gol contra el Getafe en la Copa española; el que imitó, casi paso por paso, al que muchos consideran el gol más grande de todos los tiempos, el extraplanetario de Maradona contra Inglaterra en el Mundial de México de 1986. Recibió el balón en la banda izquierda sobre la línea central y se regateó a toda la defensa rival. La diferencia con el gol de Maradona fue que además se regateó al portero. Otro gol que dio la vuelta al planeta. Veinte veces.
El tercero, de menos repercusión, pero igual de extraordinario, fue el que marcó en junio de 2007 contra México para la selección argentina en la Copa América. Sólo necesitó dos toques. El primero, un control a la carrera en el pico izquierdo del área mexicana; el segundo, todavía a la carrera, una vaselina sublime. Todo el estadio se esperaba o un tiro raso o un pase al centro del área, donde había un delantero listo para disparar. Messi, en cambio, dio un toquecito con la punta de la bota izquierda que alzó la pelota en un arco perfecto, imparable, geométricamente impecable, rozando el larguero. Lo dijo el comentarista inglés de Sky Television: "That is perfection!" (¡Ésa es la perfección!). Lo fue. La conexión entre el cerebro de Messi y el pie en el instante en el que las piernas alcanzaban su máxima velocidad fueron un himno a la maravillosa complejidad de la biología humana.
Pasa el tiempo y marca, sucesivamente, más goles y da más asistencias de gol. Esta temporada ha rozado los 40 goles, ocho de ellos en la Liga de Campeones, competición en la que ha sido el principal anotador. Dentro de España, y en Argentina, nadie duda de que es el mejor del mundo. Fuera, hay los que creen que tiene un rival, Cristiano Ronaldo. Pero más y más la pregunta que se hace es si el Messias acabará superando a jugadores como Zidane, Ronaldo (el brasileño) o Ronaldinho (cuando todavía era un profesional de verdad) y se colocará en el podio de los eternos, con Maradona y Pelé.
Maradona mismo ha demostrado cierta ambigüedad al respecto, acusándole el año pasado de ser un chupón. Últimamente se ha corregido, como reconociendo que su éxito como seleccionador dependerá de Messi como jugador. Declaró hace poco: "Ojalá Messi me supere". Más revelador fue lo que dijo en el vestuario, según alguien que estuvo ahí, tras finalizar un partido contra Francia en París, en febrero, en el que Messi marcó el golazo de la victoria. Maradona giró hacia un amigo y le dijo, entre resignado y admirado: "A ver si es verdad que será mejor que yo...".
Jorge Valdano, que ganó la Copa del Mundo con Maradona, por cuyas dotes futbolísticas siempre ha expresado veneración, no dice que será mejor que su ídolo, pero sí cree que puede llegar a la misma altura. "En Argentina, cuando eras un jugador rápido, decían que tenías un cohete en el culo; Messi lo tiene en la mente también", dice. "Tiene velocidad mental, física y técnica: tres argumentos demoledores en el campo". Tres defensas es lo que suelen poner los entrenadores rivales para frenarle. Uno sólo no tiene nada que hacer. "Hace el regate al mismo pie del adversario", dice Valdano, "pero siempre tiene el pie más rápido, y la mente también. Y lo hace mirando al horizonte, no mirando la pelota y al rival. Mientras regatea sabe exactamente dónde está la portería, los adversarios, los compañeros".
A la pregunta de si se podía hablar de Messi en los mismos términos que Maradona o Pelé, Valdano dudó un segundo, respiró hondo, y dijo: "Por mí, sí. Éste es un proyecto de esa magnitud. Messi es más maduro que Maradona a los 21 años, la edad en la que Maradona jugó en el Mundial de España y fracasó. Luego Maradona construyó una historia en los siguientes diez años. Y no nos olvidemos que Maradona nunca jugó en un equipo tan grande como ese Barça. En ese sentido es más como Pelé, que jugó en aquel equipo de Brasil de 1970".
Valdano no es la única figura del fútbol que compara a Messi con Maradona. También lo hace Capello, cuya primera impresión del joven argentino ha evolucionado in crescendo durante los últimos cuatro años al punto de que en marzo de este año declaró: "Cada era tiene su superestrella, como Pelé o Maradona, y Messi puede ser la superestrella de la siguiente década".
Los compañeros de equipo de Messi tampoco se cortan. El camerunés Samuel Eto'o dice que "hace cosas que nadie ha hecho nunca... es el nuevo Maradona. Es un jugador que nos hace soñar". Thierry Henry, delantero del Barça y de la selección francesa, soltó en una rueda de prensa reciente que a la única persona que había visto hacer cosas como Messi era Maradona. Entonces el francés pausó, como sintiendo que entraba en territorio profano. Ponderó sus palabras y, respirando hondo como Valdano, continuó: "Mira, no... no quiero presionar a Leo, pero, bueno, hay que decirlo, se parece mucho a Maradona".
Henry dudó, temió presionarle, porque quizá intuye que el éxito de Messi depende de retener esa inocencia en su forma de ser, esa especie de autismo que le protege contra la fama y hace que juegue con una facilidad y una soltura que no se ve en los rostros tensos de los demás jugadores. Muchos lo han dicho: Messi juega como si todavía estuviera en el patio del colegio. O quizá sea que juega como un jugador de los años cincuenta, antes de que la televisión transmitiera cada detalle de cada partido a cada rincón del mundo. Lo dijo Gianluca Zambrotta, su ex compañero en el Barcelona: "Para él no hay ninguna diferencia entre el Camp Nou y el campo de tierra de su pueblo". Y lo repitió su ex entrenador Frank Rijkaard: "No importa que juegue delante de 10 espectadores o de 100.000, Leo siempre es el mismo".
Como demostró cuando lo entrevisté, no acaba de pillar quién es, no acaba de digerir la hazaña monumental de lograr ser el mejor de los cientos de millones que juegan al fútbol en todo el mundo. Michael Robinson, comentarista deportivo de Canal + y ex jugador con Osasuna y el Liverpool, dice en respuesta a la pregunta del millón (si llegará a ser tan grande como Maradona) que Messi puede ser tan grande como él quiera. "Pero todo depende de que mantenga esa frescura, esa inconsciencia de quién es, de quién ha llegado a ser. Lo que le hace grande es esa sencillez y humildad que tiene. Sólo quiere jugar al fútbol. No es egoísta, sino más bien todo lo contrario. A veces te encuentras queriendo que no suelte el balón, que lo intente solo. No es el show Leo Messi. Él juega un fútbol honesto, auténtico. Juega para el equipo".
Robinson lo compara con Cristiano Ronaldo, jugador que dice que padece "un conflicto de intereses". "Cristiano es brillante, sin duda, pero la diferencia reside en que es una estrella y actúa siempre como si lo supiera. Juega para el equipo, pero también para sí mismo. Messi no tiene esa astucia. No juguetea con su fama y su poder. No flirtea con otros clubes, como Cristiano. Messi dice que se queda en el Barça porque ahí está feliz, y punto".
Lo cual no le ayudará mucho, quizá, a la hora de renegociar su contrato. Pero tampoco esas consideraciones son prioritarias para Messi. Como explica Juanjo Brau, "es un chico sencillo, familiar, al que le incomodaría tener un Ferrari. Usa un Audi que le da el club, y en Argentina, un Jeep. No es ostentoso, no se vanagloria".
Cristiano Ronaldo tiene un Ferrari (o tenía, hasta hace poco, uno rojo que chocó) y es ostentoso. Cuando marca un gol se para en el campo, posa para las fotos, como una estrella de rock. Es demagogo: besa el escudo, cosa que no se le pasaría por la cabeza a Messi, y le encanta exhibir su musculoso torso desnudo al finalizar un partido.
Ésa es la otra gran diferencia con el rival que tendrá Messi esta semana, con el que todos lo van a comparar, en la final de la Champions entre el Barcelona y el Manchester United: Cristiano Ronaldo es, por naturaleza, un atleta alto, fuerte y guapo. Messi no tiene la fuerza para pegar a la pelota como Cristiano; por eso la coloca. No es alto, pese a los años de inyecciones hormonales, y cuando anda por la calle lo hace cabizbajo, como si quisiera pasar inadvertido. Cristiano sale del campo cuando gana, y especialmente cuando sabe que ha jugado bien, con la cabeza en alza, como un emperador que acaba de conquistar nuevas tierras.
Pero el valiente de verdad es Messi. Porque tuvo que luchar mucho más para llegar donde llegó, tuvo que combatir las deficiencias de su anatomía para poder exprimir todo su talento, pero también porque, a diferencia de Cristiano, cuando las cosas no van bien no se esconde en el campo. "No es sólo porque cuantas más patadas le dan, más se motiva", dice Robinson. Habla de una valentía mucho más admirable, y más sutil. "Siempre pide la pelota. Aunque esté rodeado por tres defensas, aunque el riesgo de fallar es grande, no tiene miedo. No teme hacer el ridículo. Yo sé cómo es eso. Yo fui futbolista. Veo a Messi y veo que juega sin miedo, y sin ego. Juega para el equipo y siempre está ahí. Eso, frente a 90.000 personas, y con cientos de millones escrutando todo lo que haces, juzgándote, poniéndote a prueba permanentemente, siguiéndote por televisión en todo el mundo, ¡Eso es agallas! ¡Eso es cojones!".
Pero como en toda valentía, por ejemplo en la guerra, depende de un cierto grado de inconsciencia, de no haber profundizado en el peligro que se corre. Por eso dice Robinson que si va a llegar a ser tan grande como Pelé o Maradona, tendrá que permanecer dentro de su burbuja, cobijado por su familia, congelado en la niñez, como Peter Pan, sin asimilar del todo el cinismo del mundo adulto que le rodea, su obsesión por la fama y el dinero. Como reza Robinson: "Espero que nadie le despierte y se lo explique". Y, lo que es lo mismo, que siga dando malas entrevistas. Que siga tímido sin un balón a la vista y elocuente como nadie con él a los pies, dentro del campo, el lugar, como acierta Valdano, "donde se siente más feliz, donde es el rey del mundo".
Nos impacta su vistoso juego, pero sobre todo su genialidad en el trato cariñoso, amable y sensible de la pelota de fútbol sorprende al mundo entero.
A ello debemos sumar su sencillez y la manera como lleva la relación con la fama y la fortuna dejan también sorprendido a los aficionados y a todo aquel que le encanta el fútbol.
Un rica crónica de Jhon Carlin nos muestra la realidad del talentoso y genial Messi:
Peter Pan en el olimpo del fútbol
JOHN CARLIN
Humilde, tímido, menudo. Leo Messi reserva toda su expresividad para el campo. Y ésa puede ser la clave que le aúpe a lo más alto. Es el nuevo genio del fútbol mundial. El ‘crack’ de un equipo, el Barça, que este miércoles, ante el Manchester United, puede redondear una temporada histórica.
Leo Messi nació en Rosario, Argentina, hace casi 22 años, era muy chiquito de pequeño, pero marcaba 100 goles por temporada, hoy es el jugador determinante del Barça y de su selección, marca goles que pasarán a la historia, juega con la pelota pegada a los pies..
“Hace cosas que nadie ha hecho nunca... es el nuevo Maradona”, dice Eto’o
No, eso ya lo sabemos todos (al que no lo sepa se le podría preguntar, como dijo el locutor de radio cuando Diego Maradona marcó el mejor gol de la historia contra Inglaterra en el Mundial de 1986: "¿De qué planeta viniste?"). Empecemos otra vez.
He entrevistado a Messi en dos ocasiones, la última para EL PAÍS hace un mes, y si se me ofreciera una tercera posibilidad de hacerlo, respondería cortésmente que no; no, gracias. Algún intercambio después de un partido, tal vez, pero tiene poco sentido para un periodista sentarse a hablar con él y exigirle perlas de autorreflexión. O tan poco sentido, digamos, como haberle pedido a Luciano Pavarotti que nos mostrase lo que era capaz de hacer vistiendo pantalón corto en el Camp Nou. Entre amigos quizá se lo pasaba bien Pavarotti con un balón; del mismo modo que, con sus íntimos, puede que Messi se suelte en conversación (aunque tampoco tanto, porque la palabra tímido es la que repiten con más frecuencia todos los que le conocen cuando hablan de él). Pero juzgar a Pavarotti en base a su actuación en un campo de fútbol, o a Messi en función de cómo habla en público, es tan absurdo como injusto. Como lo es sacar la conclusión, no infrecuente, de que Messi no es una persona inteligente.
Messi es mucho más que una persona inteligente. Es un genio que reserva toda su expresividad para el campo de fútbol. Y para ser genio se requiere, en el ámbito que sea (ópera, violín, ballet, natación, tenis, libros), una capacidad cerebral singular. Con la diferencia de que tiene más mérito ser el mejor jugador de fútbol del planeta que ser el mejor en cualquier otra cosa. Por la sencilla razón de que hay más competencia. Habrá decenas de miles de personas que desean ser grandes cantantes de ópera o tocar magistralmente el violín o ser primeras bailarinas o bailarines; habrá cientos de miles que aspiran a jugar al tenis como Rafa Nadal o nadar como Michael Phelps o escribir como García Márquez. Pero cientos de millones de soñadores, de niños, e incluso adultos, que aspiran a ser el más grande, sólo hay en una disciplina, el fútbol.
La vida profesional de un futbolista es trágicamente corta. Pero cuánta gente habrá que lo cambiaría todo por ser no sólo el que muchos consideran el futbolista más talentoso y eficaz de la tierra, sino el que medio mundo pagaría (y paga) por ver jugar. Porque el placer de presenciar las maravillas que Messi es capaz de hacer con un balón -esos toquecitos eléctricos que le da con la punta del pie, esos movimientos como de ardilla, que se frena en seco, y sale disparado, y se vuelve a frenar- es algo único, sólo suyo, que, para gran parte de la humanidad, no tiene precio.
Lo dicen los aficionados de a pie en todo el mundo. Y lo dicen los profesionales del deporte. Acabo de estar un par de semanas en Suráfrica, sede del Mundial de 2010, hablando con la gente de fútbol, y cada vez que les pedía su opinión de Messi, no importaba que fuesen políticos o barrenderos o jugadores, los ojos se les ponían como platos. Cuando le pregunté a un delantero del equipo profesional Amazulu qué pensaba de Messi, se infló los cachetes y soltó un largo "¡uuuuffff!". Los compañeros de equipo de Messi en el Barcelona, el mejor Barcelona de todos los tiempos, según Juande Ramos, entrenador del Real Madrid, responden de manera similar. Samuel Eto'o dice que ver a Messi en el campo es como ver "dibujos animados". Thierry Henry confiesa que con Messi en el campo corre el peligro de convertirse en un mero espectador: "Lo que él hace es increíble y debo tener cuidado de no quedarme mirando sus movimientos". Gabriel Milito, que también juega con Messi en la selección argentina, dijo hace un par de años en una entrevista con EL PAÍS: "A cada partido te preguntas: '¿Cómo lo ha hecho?' Llegas al partido pensando: '¿Qué hará Messi?'. Le conocí en Argentina. En el primer entrenamiento con la selección supe que era diferente a todos. He jugado con enormes futbolistas, pero ninguno como Leo".
En cuanto a opiniones fuera de su entorno profesional, destaca una de Fabio Capello, seleccionador inglés y ex entrenador del Real Madrid. Comparándolo en abril con Cristiano Ronaldo, del Manchester United, con el que se retará en un duelo en la final de la Liga de Campeones este miércoles, Capello afirmó en abril que aunque el portugués del Manchester United jugaba a "un altísimo nivel", el "genial" era Messi. Otros madridistas tampoco se cortan. Arjen Robben, el extremo holandés con el que algunos fanáticos del Bernabéu le llegaron a comparar, ha dicho de Messi: "Para mí es de otro planeta. Es el mejor, diferente al resto". Alfredo di Stéfano, otro genio argentino, declaró a finales del año pasado que Messi era "el número uno porque juega y hace jugar; crea y finaliza". "Ojalá", agregó, "lo tuviera el Madrid". Lo mismo piensa, no lo duden, Florentino Pérez, que por una vez parece estar condenado a seguir soñando.
Una de las cosas que quedaron claras en la entrevista que le hice para este periódico el mes pasado fue que no había tenido ningún contacto con Pérez y que no pensaba jamás traicionar al Barcelona como lo hizo en su día Luis Figo. "No me iría de acá, de Barcelona, ni a Madrid ni a ningún otro lado," declaró.
En el campo, Messi es un derroche de talento, energía y claridad. Pero cara a cara con un periodista, todas sus respuestas son cortas e imprecisas. No se extiende nunca. Es famosísimo y admirado por mucha más gente de la que él se puede imaginar, pero emite una extraña inocencia, como si no acabara de entender por qué alguien querría entrevistarle. Humilde y respetuoso siempre, responde lo mínimo necesario para no ser descortés. Poco más. ¿Qué le parece aquello que ha dicho Di Stéfano de usted, que es grande porque crea y finaliza? "Sí, todo es lindo, ¿no?," contesta, sin sonreír. "Sobre todo cuando viene de gente tan ilustre". ¿Ha tenido compañeros en el Barcelona que le han ayudado a mejorar como jugador? "No, la verdad es que no. Mi juego siempre es el mismo". ¿Hay algún jugador que admira fuera del Barcelona o de la selección argentina? "No. Qué se yo... La verdad es que no". ¿Algún otro deporte que le podría interesar? "Me gusta mirar tenis, basket..., pero tampoco lo sigo tanto...". ¿Y cuando no juega al fútbol, qué le gusta hacer? "Y... Estar con la familia".
Si Messi consideró que las preguntas fueron banales (muy posible) o repetitivas (también, posible), no lo delató. Ni altivo ni desdeñoso, como lo pueden ser otros famosos del fútbol, lo que llamó la atención fue su sencillez, la ausencia de pretensión de ningún tipo. No luce tatuajes visibles, ni pendientes, ni ropa de moda (vestía vaquero y camiseta blanca), ni nada que haría que en la calle se le mirara dos veces. No podría ser más diferente a David Beckham, o incluso a su único rival para el título de mejor del mundo, Cristiano Ronaldo, que juega al fútbol como si las luces del escenario brillasen únicamente para él. Después de marcar un golazo de casi 40 metros, el mes pasado, contra el Oporto en cuartos de final de la Liga de Campeones, Ronaldo declaró: "Es el mejor gol de mi vida. Fue un disparo fantástico y me muero de ganas de verlo otra vez en DVD".
Messi no ve sus goles después de un partido. Ése fue el dato más revelador que salió de nuestra entrevista.
¿Ve mucho fútbol en televisión?, le pregunté. "No. No miro fútbol," contestó. ¿Ni sus propios goles? "No. No. Tampoco". ¿Ni partidos de equipos a los que se va a enfrentar, como los ingleses en la Champions? "Me gusta, obviamente, entrenar, jugar..., pero mirarlo, la verdad que no. No soy de mirar".
He aquí una pista para descifrar el particular genio de Leo Messi. No mira; actúa. Cuando no participa en el juego, cuando observa, vive callado en la sombra. Cuando tiene un balón a sus pies, canta, brilla como el sol. No hay más que leer la biografía escrita por el periodista italiano Luca Caioli, Messi: el niño que no podía crecer, o ver el documental que hizo Informe Robinson, en Canal Plus, sobre su infancia en Rosario, ciudad industrial a 300 kilómetros de Buenos Aires, y su llegada al Barcelona, club en el que aterrizó con 13 años, para constatar que, lazos familiares aparte, Messi vive y siempre ha vivido única y exclusivamente para jugar al fútbol.
Lo familiares, los amigos, las profesoras, los entrenadores que tenía cuando era pequeño, todos ofrecen variaciones sobre el mismo tema: "Cuando jugaba al fútbol, ya fuera en un campo o en la calle, se transformaba"; "era impresionante porque lo hablábamos y decíamos: 'Mirá al Leo, siempre con una pelota en la mano"; "era un nene tranquilo, era tímido, como se ve ahora... con la pelota se transformaba, era otra persona, era asombroso ver el cambio que producía"; "él brillaba, brillaba cuando jugaban en los recreos".
Y hoy sigue jugando como si fuera un niño, como si no fuera consciente de los millones que siguen por televisión cada paso que da en el campo. Como si el largo recorrido, los sacrificios que ha hecho y la valentía que ha demostrado para llegar a donde ha llegado, a la cima de una gigantesca montaña llena de alpinistas que ha dejado por el camino, no hubieran dejado huella.
A diferencia de su abuela, que sí la dejó. Messi se pasó la mayor parte de sus primeros cuatro años de vida dando puntapiés a un balón hasta que un día la abuela, como recordó en nuestra entrevista (siempre recuerda a su abuela, muy futbolera ella, fan de Maradona), lo introdujo en el deporte de su vida al insistir en que lo dejaran jugar en un equipo infantil de Rosario cuyos jugadores tenían dos años más que él. Él siempre fue muy pequeño para su edad, algo que se hacía aún más evidente en aquella primera liguilla en la que jugó, pero se convirtió instantáneamente en el crack de su equipo, llamado Grandoli. Las patadas eran la única forma de pararle ("pero sin maldad, eran chicos", me dijo en la entrevista con un exceso de generosidad), pero él nunca se arrugaba. Como hoy en el Barcelona, cuanto más le pegaban, más lo volvía a intentar.
De Grandoli se fue al gran equipo profesional rosarino, Newell's Old Boys, y fue allí donde durante cinco años marcó una media de 100 goles por temporada. Y eso que seguía siendo muy pequeñito. Un médico le diagnosticó un problema de insuficiencia hormonal que le impedía crecer con la naturalidad debida. Le recetó una inyección diaria en la pierna, pero el tratamiento era muy caro. Ni la asistencia social ni su club podían abordar el coste indefinidamente, lo que persuadió a su padre, Jorge, a volar con él a Barcelona en septiembre de 2000 a ver si el club catalán le contrataba y le pagaba las inyecciones.
Tenía 13 años cuando se puso a prueba en el Barça. Carles Rexach, el ex jugador y entrenador del primer equipo, fue el encargado de decidir su destino. Tardó siete minutos en hacerlo, mientras daba la vuelta a un campo de césped artificial en el que estaba jugando el pequeño Leo. Era el martes 3 de octubre de 2000, a las cinco de la tarde, en un partido en el que, por enésima vez, Messi se enfrentaba a jugadores más grandes que él. "¿Quién es ése?", preguntó Rexach, al llegar al final de su recorrido. "Messi", le dijeron. "Collons, l'hem de fitxar ara mateix", respondió Rexach, según él mismo ha recordado. Alguna persona del entorno le comentó que quizá era demasiado pequeño, como de futbolín, a lo que Rexach (que aquel día ganó la lotería para el club que le paga el sueldo) contestó: "Pues tráeme a todos los jugadores de futbolín porque los quiero en mi equipo".
Jorge Messi trabajaba de jefe de sección en una siderúrgica en Rosario, pero entonces se trasladó a Barcelona a ligar su futuro y el del resto de la familia -eran tres hermanos- al porvenir de su hijo menor, el más silencioso, el más brillante. Su madre, Celia, se quedó en Rosario. Leo tuvo que ir a un colegio nuevo en una ciudad extraña donde muchas veces la gente hablaba un idioma que él desconocía. Pasados unos meses, los padres le dieron la opción de volver a casa, donde podrían reunificar la familia dividida, pero él, con sus 13 años, no lo dudó: se quedaría y triunfaría en Barcelona. Quizá parte de esa fuerza y confianza que demostró es atribuible, precisamente, a su familia, que todo el mundo que ha tratado con ella, sean periodistas o gente del Barça, define como sana, unida y cariñosa, con los pies firmemente en la tierra.
Una de las personas que más trato cercano ha tenido con Messi, tanto en lo futbolístico como en lo personal, es Juanjo Brau, fisioterapeuta y recuperador empleado por el Barcelona. Brau, que le conoce desde que llegó a España, es el puente entre el Barça y la familia Messi. A petición expresa de Messi y su familia, acompaña al jugador a donde vaya, cuando se tuvo que recuperar de una lesión durante un mes la temporada pasada en Rosario, e incluso ahora, cuando viaja a Argentina o a Bolivia con su selección. A lo largo de una entrevista de una hora reflexiona sobre Messi como el propio Messi lo haría si tuviera el don, o el interés. Brau tiene el personaje absolutamente interiorizado y le tiene tanto afecto como si fuera un primo favorito. Como todos los que le conocen, Brau constata que Messi es introvertido, pero que se hace querer.
"Sólo por lo chiquito, cuando llegó, le cogías cariño. Se daba a la gente, siempre con una sonrisa tímida en la boca. Y a la vez es muy cercano al pueblo, al contrario que una estrella de cine. Lo sigue siendo hoy. Es el icono del fútbol mundial ahora, así lo veo. Leo Messi es la imagen del fútbol, su esencia. Hace cosas inalcanzables para otros futbolistas, pero permanece humilde, familiar. La fama no le ha cambiado en nada como persona. Su centro es su familia, que siempre está con él, entre Rosario y Barcelona. Es tan cariñoso como siempre, con los mismos amigos de antes. Él no olvida a la gente que estuvo con él, y no le gustan los privilegios. Prefiere andar con la gente en la calle que rodeado de seguridad. Y no esquiva. Siempre se para para la foto, el autógrafo".
Brau dice que él ha sido muy bien recibido no sólo por la familia Messi, donde ya parece ser casi uno más, sino incluso por el entorno de la selección argentina, por el propio Maradona, el actual seleccionador. Como si supieran que su presencia le da serenidad. "Le miro a los ojos por la mañana y sé cómo está. No tiene que hablar," dice Brau, que revela lo que puede ser la clave de ganar la confianza de Messi cuando dice: "Le sé respetar su espacio y su silencio".
Dentro de su espacio y su silencio ya ha hecho historia. Impresionó a sus compañeros en los equipos inferiores, entre ellos al centrocampista Cesc Fábregas, hoy del Arsenal, y, como repiten un testigo tras otro, ganaba partidos solo. "Era, con diferencia, el mejor," dice Brau. "Hacía lo mismo con el balón que ahora, aunque el balón le quedaba enorme. Había una gran desproporción. Pero pensaba y ejecutaba con una velocidad tal, que aunque el rival supiera lo que le iba a hacer, no le podía parar".
Por eso siempre lo ponían de titular cuando había que jugar un partido decisivo, aunque tuviera que jugar dos partidos en dos días. "Ya con 15 años había mucho peso sobre él. Lo sabía. Sabía que era líder, y maduró así, porque, siendo el Barça, tenía que ganar. Tuvo mucha presión de joven. De ahí sale su carácter competitivo".
Y el desparpajo necesario para debutar en el primer equipo contra el Oporto a los 16 años. Luego ganó el Mundial sub 20 con Argentina, siendo elegido el mejor jugador del torneo. Y con 17 años se consagró, o, como él me dijo en un atípico flash de orgullo, "se me conoció", en un amistoso de pretemporada en 2005 en el Camp Nou contra la Juventus, cuyo entrenador entonces, Fabio Capello, respondió a su estelar actuación preguntando: "¿Quién es ese diavolo?".
El diavolo, según lo ve Brau, es un talento innato. "No se puede entender. El balón es la continuidad de su cuerpo. Fue Carlos Bilardo [seleccionador argentino en tiempos de Maradona] el que dijo que si le hiciéramos una radiografía veríamos un objeto redondo, un balón, pegado al pie".
Lo cierto es que sin el balón Messi se siente menos, como si le cortaran el acceso a un órgano vital. "Si a Leo le quieres hacer feliz", explica Brau, "dale un balón. Cuando hago trabajo de readaptación, traigo un balón, porque sin el balón no es completo. El balón es su mejor amigo en el fútbol. Él es feliz cuando juega. Si no juega una noche, todo el día está nervioso. No es un buen día para él, sea por lesión, o por tarjetas, o por decisión del técnico. Para ser feliz tiene que hacer esto. Su vida se reduce a esto. Dentro de la grandeza es muy simple".
Messi y el balón son como el pez y el agua. El grado de interdependencia entre una cosa y la otra se demostró en una anécdota contada por otra persona del entorno del Barça. Durante una gira por Asia en 2005, Messi, recién llegado al primer equipo, tuvo que pasarse todo un partido en el banquillo. Enfrente había un pequeño muro, al nivel de sus rodillas. Se pasó el partido entero chutando un balón de manera hipnótica contra el murito, un toque tras otro, sin parar. "Estaba como fuera de sí", recuerda la persona que lo presenció, "como si el balón fuera una especie de droga".
O un objeto de amor. Cuando le pregunté en una entrevista que le hice en 2007 si, como decían los brasileños, acariciaba al balón como si fuera una mujer, se sonrojó. Pero no lo negó. Aquel año, tras ganar la Liga española y la de Campeones en 2006 (aunque no jugó los últimos partidos por lesión), el mundo futbolero se enamoró definitivamente de él. Tres goles que marcó aquel año en el espacio de tres meses hicieron saltar al diavolo a las alturas del Olimpo.
El primero, memorable tanto por las circunstancias del partido como por la ejecución, fue en marzo de 2007, en el superclásico de la Liga española, Barcelona contra Real Madrid. Era el último minuto del partido. El Barça, que jugaba con diez hombres tras una expulsión, perdía 2 a 3. Messi recibió el balón en el semicírculo al borde del área. No había posibilidad de nada. Toda la defensa (y todo el ataque) del Madrid estaba atrás; su único objetivo, evitar el gol del empate. Messi giró a la izquierda, hizo un regate relámpago que dejó a dos jugadores madridistas tumbados, y entró en el área. Todavía tenía a Sergio Ramos, el mejor defensa del Madrid, e Iker Casillas, el mejor portero del mundo, por delante. Superó a Ramos y colocó la pelota en la esquina de la portería, pegada al poste, dejando a Casillas sin posibilidad de alcanzarla. Todo ocurrió en un parpadeo: el gol del empate, el tercer gol de Messi en un 3-3 que aquella noche definió al argentino para los cientos de millones que siguieron el partido en televisión como uno de los grandes.
La segunda obra de arte, el mes siguiente, fue su célebre gol contra el Getafe en la Copa española; el que imitó, casi paso por paso, al que muchos consideran el gol más grande de todos los tiempos, el extraplanetario de Maradona contra Inglaterra en el Mundial de México de 1986. Recibió el balón en la banda izquierda sobre la línea central y se regateó a toda la defensa rival. La diferencia con el gol de Maradona fue que además se regateó al portero. Otro gol que dio la vuelta al planeta. Veinte veces.
El tercero, de menos repercusión, pero igual de extraordinario, fue el que marcó en junio de 2007 contra México para la selección argentina en la Copa América. Sólo necesitó dos toques. El primero, un control a la carrera en el pico izquierdo del área mexicana; el segundo, todavía a la carrera, una vaselina sublime. Todo el estadio se esperaba o un tiro raso o un pase al centro del área, donde había un delantero listo para disparar. Messi, en cambio, dio un toquecito con la punta de la bota izquierda que alzó la pelota en un arco perfecto, imparable, geométricamente impecable, rozando el larguero. Lo dijo el comentarista inglés de Sky Television: "That is perfection!" (¡Ésa es la perfección!). Lo fue. La conexión entre el cerebro de Messi y el pie en el instante en el que las piernas alcanzaban su máxima velocidad fueron un himno a la maravillosa complejidad de la biología humana.
Pasa el tiempo y marca, sucesivamente, más goles y da más asistencias de gol. Esta temporada ha rozado los 40 goles, ocho de ellos en la Liga de Campeones, competición en la que ha sido el principal anotador. Dentro de España, y en Argentina, nadie duda de que es el mejor del mundo. Fuera, hay los que creen que tiene un rival, Cristiano Ronaldo. Pero más y más la pregunta que se hace es si el Messias acabará superando a jugadores como Zidane, Ronaldo (el brasileño) o Ronaldinho (cuando todavía era un profesional de verdad) y se colocará en el podio de los eternos, con Maradona y Pelé.
Maradona mismo ha demostrado cierta ambigüedad al respecto, acusándole el año pasado de ser un chupón. Últimamente se ha corregido, como reconociendo que su éxito como seleccionador dependerá de Messi como jugador. Declaró hace poco: "Ojalá Messi me supere". Más revelador fue lo que dijo en el vestuario, según alguien que estuvo ahí, tras finalizar un partido contra Francia en París, en febrero, en el que Messi marcó el golazo de la victoria. Maradona giró hacia un amigo y le dijo, entre resignado y admirado: "A ver si es verdad que será mejor que yo...".
Jorge Valdano, que ganó la Copa del Mundo con Maradona, por cuyas dotes futbolísticas siempre ha expresado veneración, no dice que será mejor que su ídolo, pero sí cree que puede llegar a la misma altura. "En Argentina, cuando eras un jugador rápido, decían que tenías un cohete en el culo; Messi lo tiene en la mente también", dice. "Tiene velocidad mental, física y técnica: tres argumentos demoledores en el campo". Tres defensas es lo que suelen poner los entrenadores rivales para frenarle. Uno sólo no tiene nada que hacer. "Hace el regate al mismo pie del adversario", dice Valdano, "pero siempre tiene el pie más rápido, y la mente también. Y lo hace mirando al horizonte, no mirando la pelota y al rival. Mientras regatea sabe exactamente dónde está la portería, los adversarios, los compañeros".
A la pregunta de si se podía hablar de Messi en los mismos términos que Maradona o Pelé, Valdano dudó un segundo, respiró hondo, y dijo: "Por mí, sí. Éste es un proyecto de esa magnitud. Messi es más maduro que Maradona a los 21 años, la edad en la que Maradona jugó en el Mundial de España y fracasó. Luego Maradona construyó una historia en los siguientes diez años. Y no nos olvidemos que Maradona nunca jugó en un equipo tan grande como ese Barça. En ese sentido es más como Pelé, que jugó en aquel equipo de Brasil de 1970".
Valdano no es la única figura del fútbol que compara a Messi con Maradona. También lo hace Capello, cuya primera impresión del joven argentino ha evolucionado in crescendo durante los últimos cuatro años al punto de que en marzo de este año declaró: "Cada era tiene su superestrella, como Pelé o Maradona, y Messi puede ser la superestrella de la siguiente década".
Los compañeros de equipo de Messi tampoco se cortan. El camerunés Samuel Eto'o dice que "hace cosas que nadie ha hecho nunca... es el nuevo Maradona. Es un jugador que nos hace soñar". Thierry Henry, delantero del Barça y de la selección francesa, soltó en una rueda de prensa reciente que a la única persona que había visto hacer cosas como Messi era Maradona. Entonces el francés pausó, como sintiendo que entraba en territorio profano. Ponderó sus palabras y, respirando hondo como Valdano, continuó: "Mira, no... no quiero presionar a Leo, pero, bueno, hay que decirlo, se parece mucho a Maradona".
Henry dudó, temió presionarle, porque quizá intuye que el éxito de Messi depende de retener esa inocencia en su forma de ser, esa especie de autismo que le protege contra la fama y hace que juegue con una facilidad y una soltura que no se ve en los rostros tensos de los demás jugadores. Muchos lo han dicho: Messi juega como si todavía estuviera en el patio del colegio. O quizá sea que juega como un jugador de los años cincuenta, antes de que la televisión transmitiera cada detalle de cada partido a cada rincón del mundo. Lo dijo Gianluca Zambrotta, su ex compañero en el Barcelona: "Para él no hay ninguna diferencia entre el Camp Nou y el campo de tierra de su pueblo". Y lo repitió su ex entrenador Frank Rijkaard: "No importa que juegue delante de 10 espectadores o de 100.000, Leo siempre es el mismo".
Como demostró cuando lo entrevisté, no acaba de pillar quién es, no acaba de digerir la hazaña monumental de lograr ser el mejor de los cientos de millones que juegan al fútbol en todo el mundo. Michael Robinson, comentarista deportivo de Canal + y ex jugador con Osasuna y el Liverpool, dice en respuesta a la pregunta del millón (si llegará a ser tan grande como Maradona) que Messi puede ser tan grande como él quiera. "Pero todo depende de que mantenga esa frescura, esa inconsciencia de quién es, de quién ha llegado a ser. Lo que le hace grande es esa sencillez y humildad que tiene. Sólo quiere jugar al fútbol. No es egoísta, sino más bien todo lo contrario. A veces te encuentras queriendo que no suelte el balón, que lo intente solo. No es el show Leo Messi. Él juega un fútbol honesto, auténtico. Juega para el equipo".
Robinson lo compara con Cristiano Ronaldo, jugador que dice que padece "un conflicto de intereses". "Cristiano es brillante, sin duda, pero la diferencia reside en que es una estrella y actúa siempre como si lo supiera. Juega para el equipo, pero también para sí mismo. Messi no tiene esa astucia. No juguetea con su fama y su poder. No flirtea con otros clubes, como Cristiano. Messi dice que se queda en el Barça porque ahí está feliz, y punto".
Lo cual no le ayudará mucho, quizá, a la hora de renegociar su contrato. Pero tampoco esas consideraciones son prioritarias para Messi. Como explica Juanjo Brau, "es un chico sencillo, familiar, al que le incomodaría tener un Ferrari. Usa un Audi que le da el club, y en Argentina, un Jeep. No es ostentoso, no se vanagloria".
Cristiano Ronaldo tiene un Ferrari (o tenía, hasta hace poco, uno rojo que chocó) y es ostentoso. Cuando marca un gol se para en el campo, posa para las fotos, como una estrella de rock. Es demagogo: besa el escudo, cosa que no se le pasaría por la cabeza a Messi, y le encanta exhibir su musculoso torso desnudo al finalizar un partido.
Ésa es la otra gran diferencia con el rival que tendrá Messi esta semana, con el que todos lo van a comparar, en la final de la Champions entre el Barcelona y el Manchester United: Cristiano Ronaldo es, por naturaleza, un atleta alto, fuerte y guapo. Messi no tiene la fuerza para pegar a la pelota como Cristiano; por eso la coloca. No es alto, pese a los años de inyecciones hormonales, y cuando anda por la calle lo hace cabizbajo, como si quisiera pasar inadvertido. Cristiano sale del campo cuando gana, y especialmente cuando sabe que ha jugado bien, con la cabeza en alza, como un emperador que acaba de conquistar nuevas tierras.
Pero el valiente de verdad es Messi. Porque tuvo que luchar mucho más para llegar donde llegó, tuvo que combatir las deficiencias de su anatomía para poder exprimir todo su talento, pero también porque, a diferencia de Cristiano, cuando las cosas no van bien no se esconde en el campo. "No es sólo porque cuantas más patadas le dan, más se motiva", dice Robinson. Habla de una valentía mucho más admirable, y más sutil. "Siempre pide la pelota. Aunque esté rodeado por tres defensas, aunque el riesgo de fallar es grande, no tiene miedo. No teme hacer el ridículo. Yo sé cómo es eso. Yo fui futbolista. Veo a Messi y veo que juega sin miedo, y sin ego. Juega para el equipo y siempre está ahí. Eso, frente a 90.000 personas, y con cientos de millones escrutando todo lo que haces, juzgándote, poniéndote a prueba permanentemente, siguiéndote por televisión en todo el mundo, ¡Eso es agallas! ¡Eso es cojones!".
Pero como en toda valentía, por ejemplo en la guerra, depende de un cierto grado de inconsciencia, de no haber profundizado en el peligro que se corre. Por eso dice Robinson que si va a llegar a ser tan grande como Pelé o Maradona, tendrá que permanecer dentro de su burbuja, cobijado por su familia, congelado en la niñez, como Peter Pan, sin asimilar del todo el cinismo del mundo adulto que le rodea, su obsesión por la fama y el dinero. Como reza Robinson: "Espero que nadie le despierte y se lo explique". Y, lo que es lo mismo, que siga dando malas entrevistas. Que siga tímido sin un balón a la vista y elocuente como nadie con él a los pies, dentro del campo, el lugar, como acierta Valdano, "donde se siente más feliz, donde es el rey del mundo".
ALVARO URIBE...A LA TERCERA REELECCION
Al igual que el Presidente del Brasil, Luis Inacio Lula Da Silva, el Jefe de Estado de Colombia goza de una robusta aprobación ciudadana que le permite saborear la tentación de postular por tercera vez a la presidencia colombiana.
Qué tiene el poder que hace a un hombre no dejarlo? Cuáles son los encantos del Poder que hacer soñar con la inmortalidad a los seres humanos? ¿Porqué Alvaro Uribe goza de tan fuerte aceptación ciudadana? ¿Decidirá, finalmente, postularse a la tercera reelección?
El bien enterado escritor y periodista Tomás Eloy Martínez nos gráfica las intennciones reeleccionistas de don Alvaro Uribe:
La tentación de Alvaro Uribe
Tomás Eloy Martínez
Hace medio siglo, cuando las guerras sin fin terminaron de desgarrarle las entrañas, se instaló en Colombia una paz que parecía, por fin, inquebrantable. Después de la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, un pacto de paz permitió que el Partido Liberal y el Conservador se alternaran en el poder durante dieciséis años. A partir de esa tregua, que empezó en 1957, la democracia colombiana se volvió estable y previsible.
En 1991, cuando era ya evidente que el narcotráfico tejía los hilos de la política y tendía a imponer a sus hombres en el poder, la Constitución fue reformada para impedir la reelección del presidente por un segundo período de cuatro años. Fue un triunfo importante para el buen resguardo de las instituciones y para evitar que la corrupción siguiera entrometiéndose en los asuntos públicos. El liberal César Gaviria dio una lección de dignidad cívica al negarse a ser reelegido en 1995, pese a su decisiva popularidad. Había impulsado la Constitución de 1991 y le pareció que era su obligación dar el ejemplo.
Dos períodos más tarde el ex liberal Alvaro Uribe Vélez aplastó a la guerrilla, acorraló a los carteles de Cali y Medellín, y consiguió extraditar a decenas de jefes narcos. Sabía que a nada temen tanto los narcotraficantes como a ser juzgados en los Estados Unidos, donde los esperan carceleros indiferentes a los sobornos y a las amenazas.
La sensación de paz se adueñó de Colombia y el éxito de las políticas conservadoras de Uribe hizo crecer su nombre en las encuestas. Continuar en el poder se convirtió para él en una tentación irresistible. Quienes lo cortejaban insistían en lo de siempre: en que el presidente necesitaba más tiempo para completar su obra. Una reforma legislativa le permitió ser elegido por segunda vez. Ahora, un "referendo popular reelecionista", aprobado en el Congreso por abrumadora mayoría, lo autoriza a presentarse como candidato para un tercer período. Hay plazo formal hasta el 30 de noviembre para que Uribe anuncie si eso es lo que lo quiere. El no es César Gaviria, y vaya si lo quiere.
Se trata de un sutil movimiento de ajedrez para que lo animen a lanzarse a una aventura en la que no corre el menor riesgo. Las encuestas le dan entre un 63 y un 70 por ciento de aprobación, y no hay el menor indicio de que esos índices bajen. Le bastará ser candidato para vencer en la primera vuelta, pero antes tiene que esperar. La realidad, no la buena voluntad de los votantes, está dándole algunos disgustos.
A comienzos de 2009, saltó a la luz la noticia de que los cadáveres de diecinueve jóvenes habían aparecido en dos pueblos del departamento del norte de Santander, cerca de la frontera con Venezuela. El Ejército informó que se trataba de guerrilleros muertos en combate. Era, en apariencia, otro éxito militar del presidente Uribe, quien ha exigido a las fuerzas armadas triunfos rápidos y contundentes en la lucha contra la guerrilla.
Pero las víctimas no eran guerrilleros, sino campesinos y jóvenes humildes de las afueras de Bogotá, a quienes oficiales ambiciosos habían emboscado con promesas de trabajo y de una vida menos miserable en otros municipios. Así creían asegurarse los ascensos, licencias y medallas que el gobierno había prometido a quienes "mejor sirvieran a la patria". El escándalo de los llamados "falsos positivos" conmovió a Colombia y, cuando se supo que no se trataba de un episodio aislado, sino de una rutina macabra, cayó sobre la presidencia de Uribe una mancha difícil de olvidar.
Los casos, que suman ya más de mil, indican el avanzado estado de la corrupción militar. Uribe se indignó y las cabezas empezaron a rodar. El general Mario Montoya, comandante del Ejército y uno de los oficiales más cercanos al presidente, renunció a su puesto. Poco después fue nombrado embajador en la República Dominicana. El ministro de Defensa Juan Manuel Santos, que ocupaba el cargo desde la llegada de Uribe al poder, destituyó a una docena de oficiales y suboficiales antes de renunciar él mismo, en mayo de 2009, para armar su posible candidatura presidencial. Santos fue el responsable de la Operación Jaque, que el 2 de julio de 2008 rescató a Ingrid Betancourt, a tres espías estadounidenses y a otros once rehenes de las FARC. Ahora parece haber desistido de su postulación y es uno de los más entusiastas promotores de un tercer mandato de Uribe.
¿Qué, de lo que hizo el presidente, fue tan distinto de lo que hicieron sus predecesores? Para empezar, nunca creyó que tuviera sentido negociar con los insurgentes. No había cumplido aún treinta años, cuando su padre fue asesinado por una patrulla de las FARC. Ese recuerdo amargo le marcó la vida. Durante la campaña para su primera presidencia como candidato disidente del Partido Liberal, Uribe no negó la dureza extrema de las medidas que se aprestaba a tomar ni disimuló su perfil conservador. No estaba dispuesto a fracasar, y no fracasó, aunque los gastos militares subieron a las nubes. La suerte, además, se puso de su lado. El 26 de marzo de 2008, una enfermedad mortal acabó con la vida de Manuel Marulanda, alias "Tirofijo", comandante y miembro fundador de las FARC.
La popularidad se le subió a la cabeza y el virus latinoamericano de la re-reelección empezó a contagiarlo. Desde que aceptó la idea de un tercer mandato, algunas cosas empezaron a salirle mal, sin embargo. Por primera vez en más de una década, la economía de Colombia tendrá en 2009 un crecimiento negativo. La pobreza se mantiene, y hay una diferencia abismal entre la calidad de vida de las clases sociales que están en los extremos. Su defensa cerrada de los ideales conservadores sigue atrayendo a los inversores extranjeros, a los que Uribe transmite una firme sensación de estabilidad. Los votantes se declaran felices por vivir en paz después de décadas de guerras de todos contra todos. A la mayoría no le preocupa el precio de esa paz.
Allí donde todos fracasaron, Uribe ofrece resultados elocuentes. Los secuestros han disminuido en casi 85 por ciento. Los jefes del narcotráfico han sido cazados gracias a un cuidadoso tejido de espionajes y delaciones. Sin perder tiempo, Uribe los extraditó en masa a los Estados Unidos.
Uno de los puntos más débiles de su administración es la defensa de las fronteras con Venezuela y Ecuador, donde las guerrillas conservan sus principales refugios. Para enfrentar el problema, Colombia ha aceptado seis mil millones de dólares de los Estados Unidos, que se comprometió a invertir en la guerra. La cifra puede aumentar si Washington instala en territorio colombiano siete bases nuevas, que se sumarían a la de Palanquero, una pista militar de 3200 metros, perdida en el centro del país, donde se están instalando equipos de inteligencia para enfrentar a las bandas de narcos que operan en el Pacífico colombiano.
Como era de esperar, Hugo Chávez montó en cólera. Cuando los representantes de la Unasur (Unión de Naciones Suramericanas) se reunieron en Bariloche el 28 de agosto, Chávez reclamó que se revirtiera la alianza militar empleando su ya clásica retórica antiimperialista. Uribe defendió sus argumentos con firmeza y salió airoso ante el tribunal de pares que había llegado dispuesto a condenarlo. Tuvo la astucia de exigir que los debates fueran televisados, para que la incontinencia verbal de Chávez delatara las torpezas de su discurso. Y una vez más salió airoso. En el documento final de la Unasur no aparece un solo renglón de condena a Colombia o de rechazo a las bases militares.
A diferencia de lo que les ha ocurrido a la mayoría de los presidentes latinoamericanos, que llegan al final de sus mandatos con un desgaste previsible, ninguna tormenta oscurece, por ahora, la popularidad de Uribe. Sus aspiraciones no se detienen en la búsqueda de un tercer mandato, algo que sólo el 20 de noviembre quedará en claro. Lo que pretende es un lugar seguro en la historia. Quizá lo tenga ya, pero falta mucho para saber si ese lugar es bueno o malo. Después de Napoleón, a quien Uribe admira, nadie desafía a las instituciones sin pagar un precio muy alto.
Qué tiene el poder que hace a un hombre no dejarlo? Cuáles son los encantos del Poder que hacer soñar con la inmortalidad a los seres humanos? ¿Porqué Alvaro Uribe goza de tan fuerte aceptación ciudadana? ¿Decidirá, finalmente, postularse a la tercera reelección?
El bien enterado escritor y periodista Tomás Eloy Martínez nos gráfica las intennciones reeleccionistas de don Alvaro Uribe:
La tentación de Alvaro Uribe
Tomás Eloy Martínez
Hace medio siglo, cuando las guerras sin fin terminaron de desgarrarle las entrañas, se instaló en Colombia una paz que parecía, por fin, inquebrantable. Después de la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, un pacto de paz permitió que el Partido Liberal y el Conservador se alternaran en el poder durante dieciséis años. A partir de esa tregua, que empezó en 1957, la democracia colombiana se volvió estable y previsible.
En 1991, cuando era ya evidente que el narcotráfico tejía los hilos de la política y tendía a imponer a sus hombres en el poder, la Constitución fue reformada para impedir la reelección del presidente por un segundo período de cuatro años. Fue un triunfo importante para el buen resguardo de las instituciones y para evitar que la corrupción siguiera entrometiéndose en los asuntos públicos. El liberal César Gaviria dio una lección de dignidad cívica al negarse a ser reelegido en 1995, pese a su decisiva popularidad. Había impulsado la Constitución de 1991 y le pareció que era su obligación dar el ejemplo.
Dos períodos más tarde el ex liberal Alvaro Uribe Vélez aplastó a la guerrilla, acorraló a los carteles de Cali y Medellín, y consiguió extraditar a decenas de jefes narcos. Sabía que a nada temen tanto los narcotraficantes como a ser juzgados en los Estados Unidos, donde los esperan carceleros indiferentes a los sobornos y a las amenazas.
La sensación de paz se adueñó de Colombia y el éxito de las políticas conservadoras de Uribe hizo crecer su nombre en las encuestas. Continuar en el poder se convirtió para él en una tentación irresistible. Quienes lo cortejaban insistían en lo de siempre: en que el presidente necesitaba más tiempo para completar su obra. Una reforma legislativa le permitió ser elegido por segunda vez. Ahora, un "referendo popular reelecionista", aprobado en el Congreso por abrumadora mayoría, lo autoriza a presentarse como candidato para un tercer período. Hay plazo formal hasta el 30 de noviembre para que Uribe anuncie si eso es lo que lo quiere. El no es César Gaviria, y vaya si lo quiere.
Se trata de un sutil movimiento de ajedrez para que lo animen a lanzarse a una aventura en la que no corre el menor riesgo. Las encuestas le dan entre un 63 y un 70 por ciento de aprobación, y no hay el menor indicio de que esos índices bajen. Le bastará ser candidato para vencer en la primera vuelta, pero antes tiene que esperar. La realidad, no la buena voluntad de los votantes, está dándole algunos disgustos.
A comienzos de 2009, saltó a la luz la noticia de que los cadáveres de diecinueve jóvenes habían aparecido en dos pueblos del departamento del norte de Santander, cerca de la frontera con Venezuela. El Ejército informó que se trataba de guerrilleros muertos en combate. Era, en apariencia, otro éxito militar del presidente Uribe, quien ha exigido a las fuerzas armadas triunfos rápidos y contundentes en la lucha contra la guerrilla.
Pero las víctimas no eran guerrilleros, sino campesinos y jóvenes humildes de las afueras de Bogotá, a quienes oficiales ambiciosos habían emboscado con promesas de trabajo y de una vida menos miserable en otros municipios. Así creían asegurarse los ascensos, licencias y medallas que el gobierno había prometido a quienes "mejor sirvieran a la patria". El escándalo de los llamados "falsos positivos" conmovió a Colombia y, cuando se supo que no se trataba de un episodio aislado, sino de una rutina macabra, cayó sobre la presidencia de Uribe una mancha difícil de olvidar.
Los casos, que suman ya más de mil, indican el avanzado estado de la corrupción militar. Uribe se indignó y las cabezas empezaron a rodar. El general Mario Montoya, comandante del Ejército y uno de los oficiales más cercanos al presidente, renunció a su puesto. Poco después fue nombrado embajador en la República Dominicana. El ministro de Defensa Juan Manuel Santos, que ocupaba el cargo desde la llegada de Uribe al poder, destituyó a una docena de oficiales y suboficiales antes de renunciar él mismo, en mayo de 2009, para armar su posible candidatura presidencial. Santos fue el responsable de la Operación Jaque, que el 2 de julio de 2008 rescató a Ingrid Betancourt, a tres espías estadounidenses y a otros once rehenes de las FARC. Ahora parece haber desistido de su postulación y es uno de los más entusiastas promotores de un tercer mandato de Uribe.
¿Qué, de lo que hizo el presidente, fue tan distinto de lo que hicieron sus predecesores? Para empezar, nunca creyó que tuviera sentido negociar con los insurgentes. No había cumplido aún treinta años, cuando su padre fue asesinado por una patrulla de las FARC. Ese recuerdo amargo le marcó la vida. Durante la campaña para su primera presidencia como candidato disidente del Partido Liberal, Uribe no negó la dureza extrema de las medidas que se aprestaba a tomar ni disimuló su perfil conservador. No estaba dispuesto a fracasar, y no fracasó, aunque los gastos militares subieron a las nubes. La suerte, además, se puso de su lado. El 26 de marzo de 2008, una enfermedad mortal acabó con la vida de Manuel Marulanda, alias "Tirofijo", comandante y miembro fundador de las FARC.
La popularidad se le subió a la cabeza y el virus latinoamericano de la re-reelección empezó a contagiarlo. Desde que aceptó la idea de un tercer mandato, algunas cosas empezaron a salirle mal, sin embargo. Por primera vez en más de una década, la economía de Colombia tendrá en 2009 un crecimiento negativo. La pobreza se mantiene, y hay una diferencia abismal entre la calidad de vida de las clases sociales que están en los extremos. Su defensa cerrada de los ideales conservadores sigue atrayendo a los inversores extranjeros, a los que Uribe transmite una firme sensación de estabilidad. Los votantes se declaran felices por vivir en paz después de décadas de guerras de todos contra todos. A la mayoría no le preocupa el precio de esa paz.
Allí donde todos fracasaron, Uribe ofrece resultados elocuentes. Los secuestros han disminuido en casi 85 por ciento. Los jefes del narcotráfico han sido cazados gracias a un cuidadoso tejido de espionajes y delaciones. Sin perder tiempo, Uribe los extraditó en masa a los Estados Unidos.
Uno de los puntos más débiles de su administración es la defensa de las fronteras con Venezuela y Ecuador, donde las guerrillas conservan sus principales refugios. Para enfrentar el problema, Colombia ha aceptado seis mil millones de dólares de los Estados Unidos, que se comprometió a invertir en la guerra. La cifra puede aumentar si Washington instala en territorio colombiano siete bases nuevas, que se sumarían a la de Palanquero, una pista militar de 3200 metros, perdida en el centro del país, donde se están instalando equipos de inteligencia para enfrentar a las bandas de narcos que operan en el Pacífico colombiano.
Como era de esperar, Hugo Chávez montó en cólera. Cuando los representantes de la Unasur (Unión de Naciones Suramericanas) se reunieron en Bariloche el 28 de agosto, Chávez reclamó que se revirtiera la alianza militar empleando su ya clásica retórica antiimperialista. Uribe defendió sus argumentos con firmeza y salió airoso ante el tribunal de pares que había llegado dispuesto a condenarlo. Tuvo la astucia de exigir que los debates fueran televisados, para que la incontinencia verbal de Chávez delatara las torpezas de su discurso. Y una vez más salió airoso. En el documento final de la Unasur no aparece un solo renglón de condena a Colombia o de rechazo a las bases militares.
A diferencia de lo que les ha ocurrido a la mayoría de los presidentes latinoamericanos, que llegan al final de sus mandatos con un desgaste previsible, ninguna tormenta oscurece, por ahora, la popularidad de Uribe. Sus aspiraciones no se detienen en la búsqueda de un tercer mandato, algo que sólo el 20 de noviembre quedará en claro. Lo que pretende es un lugar seguro en la historia. Quizá lo tenga ya, pero falta mucho para saber si ese lugar es bueno o malo. Después de Napoleón, a quien Uribe admira, nadie desafía a las instituciones sin pagar un precio muy alto.
domingo, 18 de octubre de 2009
SE REDUCE EL PODER DE LA PRENSA?
El sentido original de la presión de la prensa al Poder se encuentra en el ojo de la tormenta.
El gran debate sobre el futuro de los medios impresos y la era de la globalización nos obliga preguntarnos ¿el periodismo tendrá el mismo poder si desaparece el diario impreso? ¿Podrán caer gabinetes, renunciar altos funcionarios y meter presos a tanto sinverguenza se denuncia SIN LOS DIARIOS IMPRESOS?
Estas preguntas aún no pueden ser respondidas porque todavía no se da una situación como esa en el Perú y tampoco en ningún país del mundo. Por la sencilla razón: Aún los periódicos siguen imprimiéndose y el público se deleita con leer o tener en sus manos un diario.
Sinembargo, el debate está abierto en analizar el futuro del periodismo y la era digital, que también hacen que se pregunten: ¿Será el mismo negocio? ¿La publicidad tendrá la misma fuerza? ¿Habrán mejores periodistas? o ¿Todos seremos periodistas?
Estas interrogantes se despejan de la excelente crónica del periodista Jhon Carlin que se las ofrecemos.
El momento crucial
La crisis económica y la revolución de Internet ponen duramente a prueba la industria periodística.
Nadie sabe qué va a ocurrir, pero cada vez hay más lectores y los expertos creen en el futuro del periodismo
Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación".
Así arranca la novela Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, el periodista más famoso de todos los tiempos. La trama del libro, escrito en 1859, se desarrolla durante la Revolución Francesa. Dickens, que trabajó en media docena de periódicos, podría haber escrito las mismas palabras hoy sobre la revolución de Internet.
La irrupción de la world wide web en el antiguo imperio del periodismo ha provocado incertidumbre y confusión, sin que nadie tenga muy claro si la toma de esta Bastilla debe de ser motivo de esperanza o de desesperación. El consenso sólo existe alrededor de una gran contradicción: que vivimos en el mejor de los tiempos para el periodismo, y también en el peor.
Nunca ha habido una mejor época para hacer periodismo escrito, y nunca ha habido una peor para ganarse la vida ejerciéndolo; hay más mercado que nunca, pero menos ingresos.
La tendencia se ve con especial nitidez en Estados Unidos, tantas veces precursor de lo que nos espera en el resto del mundo occidental. El panorama es inquietante: la media diaria de ejemplares vendidos allí ha bajado de 62 millones a 49 millones desde que hace 15 años Internet empezó a volverse accesible a todos. Unos cien diarios se han visto obligados a dejar de imprimir en papel.
En el mismo periodo, el número de lectores de periodismo digital en Estados Unidos ha ascendido de cero a 75 millones. La fuga de la publicidad, la sangre comercial del periodismo en papel, ha reducido las ganancias de manera drástica, lo que ha derivado en grandes cantidades de despidos (se maneja una cifra de 15.000 en Estados Unidos el año pasado) o, para los que han tenido más suerte, de prejubilaciones.
Philip Bennett, jefe de redacción de The Washington Post entre 2005 y finales de 2008, se vio con la infeliz tarea de prejubilar a 250 de sus compañeros. "Y esto lo tuve que hacer con la paradoja siempre en mente de que vivimos una época horrible para las empresas de noticias, pero una edad de oro para el periodismo", dijo Bennett, un ilustre periodista, ampliamente reconocido como tal en su país. "Hay muchos más lectores, pero una presión terrible sobre el dinero y los recursos. Por eso el Post y también The New York Times han perdido dinero en 2008 por primera vez en 50 años".
La prensa europea, sin excluir a EL PAÍS y otros grandes diarios españoles que han vivido un fin de 2008 horríbilis, comparte la sensación generalizada de que lo más complicado está por llegar. Y aunque lo mismo se puede decir de casi todos los sectores de la economía, la diferencia reside en que el negocio del periodismo ha recibido una sacudida doble: está también en el epicentro de la tormenta Internet. La crisis global lo que ha hecho es acelerar el inevitable impacto de la revolución digital.
EL PAÍS ha obtenido información para este reportaje a través de entrevistas cara a cara (como en los viejos tiempos); entrevistas por teléfono fijo y móvil; por telefonía de Internet (voz, o voz y vídeo); a través de artículos en diarios del establishment mediático, como The New York Times (o el propio EL PAÍS), o frente a la pantalla de un ordenador, vía el babel sin fronteras de la red.
Se recibió todo un abanico de opiniones, desde el pesimismo de un gurú de la red en Estados Unidos, convencido de que no hay fuerza capaz de impedir la extinción del periodismo, no sólo en papel, sino como concepto, hasta el optimismo de un empresario nigeriano que acaba de inaugurar un periódico que se comercializará en papel por toda África y por vía digital a millones de clientes internacionales; desde un directivo de The Guardian de Londres, que se pregunta si el nuevo periodismo -suponiendo que la palabra siga teniendo relevancia- será meramente local, una especie de Facebook para vecinos, hasta The Wall Street Journal, que hoy mismo está abriendo nuevas corresponsalías internacionales y cuyo dueño, el magnate Rupert Murdoch, apuesta por periódicos de un mayor alcance global.
Ahora, lo que nadie sabe, ni pretende saber, es la respuesta a la pregunta del millón: ¿cómo seguir ganando dinero con el periodismo? ¿O desaparecerá la profesión, como los dinosaurios o Marie Antoinette?
Se trata de algo más que la supervivencia de un sector minoritario de la economía. Los periódicos han desempeñado un papel central en la sociedad durante los últimos 200 años. Influyen en el poder de los Gobiernos, en el dinero de las empresas y en el entretenimiento de las masas.
Por eso muchas voces, muchas veces discordantes, se han sumado al debate sobre su futuro. En líneas generales hay tres corrientes de opinión: los blogueros (por así llamarlos), convencidos de que el periódico como lo hemos conocido durante 200 años y el ancien régime del periodismo empresarial están condenados a la extinción; los viejos rockeros, defensores del antiguo orden, que creen que tras una época de inevitables ajustes y transformación, los grandes buques insignia no sólo sobrevivirán, sino que emergerán fortalecidos; y los de mentes abiertas (o confusas) que observan el espectáculo con honesta perplejidad y, al estilo Dickens, no saben muy bien qué conclusiones sacar.
Clay Shirky, uno de los blogueros más prolíficos y que más debate generan sobre el tema, resume el desdén que su bando siente hacia los reaccionarios del viejo periodismo cuando escribe: "Dale y dale, la gente dedicada a salvar a los periódicos siempre con la misma pregunta: 'Si el antiguo modelo está roto, ¿qué funcionará en su lugar?'. Y la respuesta es: Nada. Nada funcionará. No hay ningún modelo para reemplazar el que Internet acaba de destrozar".
El deleite iconoclasta de Shirky lo comparte un bloguero español, el periodista científico Luis Ángel Fernández Hermana, que lleva desde principios de los noventa advirtiendo de la hecatombe. "Los grandes medios han estado en el centro de la revolución, de la problemática que plantea Internet, y aunque era obvio desde hace 12años que tenían que adaptarse y cambiar, se quedaron parados, o dan bandazos absurdos como cobrar suscripciones para sus versiones en Internet y después dejar de cobrarlas. Ahora se encuentran frente a un dilema insuperable, porque lo que está claro es que el sistema empresarial de periodismo no se puede preservar".
En el bando de los viejos rockeros destaca la voz de Bill Keller, director de The New York Times, el periódico con la plantilla más grande del mundo occidental: 1.200 redactores. Keller es uno de los blancos preferidos de los blogueros, que se mofan de la fe que sigue expresando en la capacidad de los dinosaurios de sobrevivir al meteorito de Internet. "¡No hay límite para la polémica, basada en una fe casi religiosa, que genera el tema de los periódicos!", declara Keller, mofándose a su vez. "Pero debemos guardar un cierto escepticismo ante tanta inquebrantable certidumbre. No sabemos con seguridad cómo separar las consecuencias de la calamitosa crisis económica de los cambios de comportamiento a largo plazo que generan las nuevas tecnologías. En los próximos dos años debemos examinar todas las opciones, poner todo a prueba. Lo que yo espero es que durante un futuro previsible nuestro negocio siga siendo una mezcla de papel impreso y contenidos online, y que el crecimiento online compense el declive (gradual, esperemos) del papel".
Menos conocido que Keller, pero quizá con acceso a más amplia información, es Earl J. Wilkinson, el director ejecutivo de International Newsmedia Marketing Association (INMA), una organización con más de 1.200 socios en 82 países. Wilkinson, que pertenece claramente al campo conservador, ha hecho un amplio sondeo y ha llegado a la conclusión de que "la muerte del periódico es una de las grandes exageraciones surgidas del colapso económico de hoy".
Philip Bennett, contratado hoy por el dueño de The Washington Post para investigar fórmulas digitales que eviten la desaparición del periodismo como negocio, pertenece al bando de las mentes abiertas pero confusas, a mitad de camino entre los robespierres del mundo bloguero y la vieja guardia conservadora.
Bennett se niega a aceptar la premisa de que "nada, nada funcionará", pero sí acepta que la estrategia de muchos periódicos de reducir gastos no ofrece ninguna solución a largo plazo y que hay que tener imaginación a la hora de buscar nuevos modelos tanto de negocio como de periodismo. "La era de las grandes redacciones, de 800 en plantilla trabajando para una versión en papel y otra en la web, no parece viable", dice. "Yo creo que la era del periódico está acabada, que el debate se debe centrar no en la supervivencia del periódico, sino en la supervivencia del periodismo como lo hemos entendido".
Si en Estados Unidos las opiniones sobre el futuro del periodismo son especialmente tajantes, o negativas, tiene que ver en parte con el hecho práctico de que es el país en el que más gente tiene acceso a Internet. En el Reino Unido se observa un fenómeno parecido.
Simon Waldman, el director de estrategia digital del Grupo Guardian Media, que incluye The Guardian y The Observer de Londres, no duda de que el diario en la red pronto se convertirá en el instrumento periodístico "por defecto" y que el diario en papel se seguirá vendiendo de manera reducida a un grupo de connaisseurs de más bien avanzada edad.
Pero quizá ésta sea una visión demasiado anglosajona de la coyuntura actual, o de gente que habita de manera obsesiva el entorno de la red. Para ir al otro extremo, en China, India y África, donde el acceso a la red sigue siendo reservado a una minoría privilegiada, el debate no es tan apremiante, y el papel sigue siendo muy viable.
España ocupa una especie de lugar intermedio, ya que el fenómeno Internet todavía no ha calado de manera tan extensa en la sociedad como en Estados Unidos. Juan Luis Cebrián, presidente ejecutivo del Grupo PRISA (dueño de EL PAÍS), entiende que, como se trata de una revolución global, existen diferencias de criterio geográficas. "Pero lo que sucede en Estados Unidos debe servir de aviso respecto a lo que va a suceder en Europa.
No hay ninguna razón para suponer que si grandes periódicos estadounidenses de casi 200 años cierran y se dedican a editar online, ésta no vaya a ser una tendencia que se generalice en otras democracias avanzadas". Cebrián matiza que la evolución de lo que puede suceder en España se condiciona por el hecho de que, hoy por hoy, la banda ancha es cara y relativamente lenta, lo cual ha influido en que la expansión del número de internautas se haya frenado. De todos modos, dice Cebrián, "la tendencia es a suponer que la impresión en papel va a continuar siendo reservada a unos pocos".
Entre los pocos podría estar el diario Abc, que publica en España el grupo Vocento. O así lo considera Benjamín Lana, director de innovación y desarrollo interno editorial del grupo. Lana cree que en España el papel seguirá siendo rentable durante un buen tiempo. En parte, como dice Cebrián, porque la penetración de Internet no está tan avanzada como en otros países. "Pero también porque existe un margen cultural para el diario en papel de dos siglos que no va a desaparecer en una generación.
Todavía hay margen para papel, o por lo menos en España, donde más de la mitad de la población todavía no accede al mundo digital", señala Lana, quien propone, de todos modos, operar teniendo en cuenta que la gente está más dispuesta a leer un diario impreso en determinados días que en otros. Por ejemplo: para muchos, la lectura del diario forma parte del rito de ocio dominical. Marca un grato y apacible paréntesis con la vida laboral, asociada para muchos con la pantalla de un ordenador.
"Entonces, un martes, día en que la gente tiene menos tiempo para leer, se podría producir un periódico en papel más conciso, posiblemente más explicativo y analítico, quizá más orientado hacia una reducida élite, y ahorrar energías para invertirlas más a fondo en el fin de semana". El concepto lo parece compartir The New York Times, ya que acaba de lanzar una oferta de suscripciones al diario impreso limitada a los fines de semana.
Earl Wilkinson, el director ejecutivo de International Newsmedia Marketing, propone algo parecido. Imprimir más, de forma sistemática y flexible, en los días de más receptividad y dejar que en los días flojos la producción baje a sus "niveles naturales". Agrega que en determinados días el diario se podría concentrar en ciertos temas; por ejemplo, los lunes darle más espacio, empezando por la primera página, a los deportes. "Así los diarios irán dejando atrás su práctica de perder dinero en los días flojos y concentrarán sus recursos en los días fuertes".
Otro argumento a favor de que el final del diario en papel todavía tiene vida por delante es algo que le diferencia fundamentalmente de la noticia en la pantalla: su íntima tactilidad. Como observa Cebrián: "Un periódico genera una relación muy intensa con los lectores. La gente no dice 'mi película' o 'mi libro', pero un lector de EL PAÍS o de Abc sí dice 'mi periódico'. En cierta manera, asociarse con un determinado periódico forma parte de su identidad.
Es una relación individual con un objeto que a su vez se hace social. ¿Cómo se recrea ese aspecto táctil fuera de la impresión en papel? Un teléfono móvil, un kindle [aparato de lectura de libros digital], también son objetos. En la medida en que aparezcan terminales digitales que sean sustitutivos mejores del periódico, el periódico estará más amenazado".
Uno de esos sustitutivos podría ser el e-newspaper, el periódico electrónico, un soporte de plástico del tamaño de El País Semanal -pero la mitad de grosor- que está desarrollando una empresa estadounidense llamada Plastic Logic. Varios periódicos, entre ellos The New York Times, se han interesado en la propuesta, que permitiría recibir información de la red (al igual que la pantalla de un ordenador), pero mediante un formato que combina un manejo fácil y la apariencia de un diario en papel.
Pero la mayor amenaza es el coste de la publicación en papel. Spencer Reiss, que abandonó Newsweek a mitad de los noventa para incorporarse a la primera gran revista de la ciberépoca, Wired, lo explica con la claridad revolucionaria que define al bando bloguero. "El plan A es publicar un diario por el método tradicional, por ejemplo en Madrid, lo cual implica cortar árboles en Escandinavia, procesar la madera para convertirla en papel, transportar el papel en barco a un puerto y después en camión a la capital. Ahí tienes un caro inmueble en el que trabaja tu extensa y costosa redacción y operan tus máquinas de impresión, con sus costosos operarios. Y todavía te queda la fase final de transportar el producto impreso a los extensos y dispersos punto de venta. El plan B es un tipo con un ordenador que aprieta unas teclas y envía el mismo producto a las pantallas de un número ilimitado de consumidores. ¿Quién gana?".
La lógica es aplastante. Y, como señala Phil Bennett, el ex de The Washington Post, tiene consecuencias injustas. Porque una vez hecha la gigantesca inversión, el producto final -por ejemplo, una noticia escrita por un corresponsal en Bagdad- aparece al instante y gratis en uno de los innumerables portales de Internet.
"Es como construir un coche, que te lo roben y que después los asientos o las ruedas o las bujías aparezcan en los escaparates de The Huffington Post o en Google, que a su vez hacen negocio con ellas vendiendo publicidad. Sólo que en este caso el robo es perfectamente legal, claro".
Rupert Murdoch dijo lo mismo, de manera más tajante, hace unos días: "¿Debemos permitir a Google robar todos nuestros derechos de autor? Gracias, pero no". El empleado favorito de Murdoch, el director de The Wall Street Journal, Robert Thomson, se ha hecho eco de su jefe al denunciar a ciertos sitios de la red como "parásitos".
Los otros grandes beneficiados del contenido periodístico de alto calibre en Internet son las empresas telefónicas que venden el acceso a la red. Mientras tanto, los que han invertido dinero en el producto lo acaban perdiendo.
Tanto disparate ha tenido, para algunos periódicos, resultados demoledores. The Seattle Post Intelligencer, con 146 años de vida, apagó sus máquinas de impresión el mes pasado, reduciendo su redacción de 167 a un grupúsculo de 20 redactores que se limitará a generar, bajo la misma cabecera, un diario digital. Otro venerable diario estadounidense, The Christian Science Monitor, publicó su última edición impresa diaria el pasado 27 de marzo, y el San Francisco Chronicle, por falta de compradores, está a punto de hacer lo mismo.
El problema, y lo que nos devuelve a la gran pregunta de cómo seguir ganando dinero con el periodismo, es que hasta ahora se ha demostrado que la publicidad digital no se aproxima ni de cerca a la rentabilidad de la publicidad en papel. Según un estudio del reputado centro de investigación Pew, con base en Washington, pasar a producir un diario exclusivamente en la web significa perder un 90% de ingresos. O quizá más.
Cebrián conoce bien esta realidad, pero se ve obligado a reconocer, como Phil Bennett, de The Washington Post, que hay más preguntas que respuestas, que hay que aceptar con humildad que "estamos en la prehistoria" de una nueva era, y que pretender proyectar el futuro con seguridad es de necios. "En la red", dice, "no hay modelo de negocio como tal. Los modelos de negocio que existen, como Google o Microsoft, son grandes monopolios mundiales.
El problema es muy grande. Consiste en cambiar el modelo de producción del periódico, haciendo que siga manteniendo altos márgenes de rentabilidad como los ha mantenido en los últimos dos siglos. Porque si no, no se invertirá en información. Con márgenes de explotación del 4% en Internet no se puede enviar a corresponsales a lugares de conflicto. Por tanto, hay que buscar un modelo de negocio razonable en los medios impresos".
Cebrián sugiere que una pista la puede dar Barack Obama. "Es presidente de Estados Unidos gracias no a la prensa ni a la televisión ni a la radio, sino a que ha sabido utilizar la red. Si los periodistas aprendemos a utilizarla, triunfaremos también".
¿Dónde buscar? Lo normal es esperar que gente como Phil Bennett o Simon Waldman de The Guardian, especialistas en la materia a tiempo completo, den con la solución. Waldman contó que The Guardian ha avanzado tanto en su concepto de la centralidad de la red que hoy está reclutando a superestrellas del mundo digital, provenientes de empresas como Yahoo, sin experiencia periodística alguna.
La idea, que Bennett apoya de manera entusiasta, es que la fusión de los dos tipos de cerebros, los del periodismo clásico y el digital, ayuden a crear un nuevo modelo viable. Lo que quizá no le entusiasme tanto a Bennett es la posibilidad, propuesta por Waldman y sus ágiles blogueros, de que el periodismo se transforme en un intercambio de noticias de interés compartido entre comunidades de vecinos o que se creen islas de noticias u opinión entre grupos de personas unidas por una red social sin fronteras al estilo de Facebook. "Puede ser que prefieran esa intimidad de criterio a leer lo que les dice una voz distante y desconocida".
Pero volvemos a lo mismo. ¿Cómo ganar dinero? ¿Cómo vivir del periodismo? Ya que se trata de una revolución global la que estamos viviendo, quizá se podría buscar respuestas a la incógnita en los países llamados "en desarrollo", donde la ausencia de estructuras antiguas les obliga a empezar de cero, a forjar nuevas empresas adaptadas a la realidad tecnológica de hoy y no a las de la revolución industrial...
Dele Olojede, nigeriano que trabajó 20 años en la prensa estadounidense y ganó un Premio Pulitzer, acaba de hacer algo inimaginable en Estados Unidos o Europa: lanzar un nuevo periódico nacional en su país con la intención próximamente de extender la circulación, en papel, a cuatro países africanos.
Se llama Next y se inauguró el pasado mes de enero en la red (234next.com). Antes del Mundial de Suráfrica, el año que viene, se publicará una edición africana que, si se cumplen las previsiones, se venderá, con delegaciones propias e impresoras locales, en El Cairo, Johanesburgo, Nairobi y Accra, la capital de Ghana.
Sus antiguos colegas en Estados Unidos ven lo que está montando Olojede con incredulidad, pero él insiste en que Next no es un proyecto quijotesco. "Primero, porque aquí y en India, en China y en otros países donde vemos clases medias emergentes, la gente busca símbolos de estatus social, y leer un diario es uno de ellos".
Pero lo más interesante es ver cómo, contra todo pronóstico posible, África podría estar aportando a la confusa industria del periodismo una cierta idea del camino a seguir. Los periodistas en plantilla han recibido cursos intensivos en el uso de minivideocámaras y Blackberries y otros aparatos de última tecnología que agilizarán la transmisión de las noticias, sea al diario en papel, sea a la pantalla de un ordenador, o sean contenidos personalizados a un teléfono móvil. Agilidad, versatilidad, rapidez y minimización de costes son las claves del modelo de Next.
"No tendremos 25 fotógrafos en plantilla, sino que dependeremos de colaboradores en todas partes", explica Olojede. "La clave consiste en tener gente capacitada en la redacción y una extensa red de reporteros colaborando por todo el país, en África y en el resto del mundo. La calidad estará garantizada porque habrá una competencia feroz. Los mejores y los más fuertes sobrevivirán, y ganarán buen dinero con nosotros".
Lo interesante es que Olojede está poniendo en marcha precisamente lo que propone Earl Wilkinson para los periódicos estadounidenses y europeos. Wilkinson insiste en la oportunidad de rebajar costes a través de un uso "selectivo" de la opción digital; adaptar el producto periodístico de abajo arriba a las necesidades de la audiencia, en vez de imponer un producto de arriba abajo, y crear una fuerza laboral capaz de moverse con facilidad entre diferentes medios de comunicación, con especial atención a los medios digitales.
Con el tiempo, como dice Bill Keller, se pondrán a prueba más y más opciones para ver cómo convertir el periodismo en un negocio viable. Una opción que se ha propuesto con entusiasmo recientemente en las páginas de The New York Times y de la revista Time se basa en la idea de "salvar" al periodismo de la misma manera que se ha "salvado", hasta cierto punto, a la industria de la música: aplicando una suerte de canon similar al de la música al comprar un ordenador, o al darse de alta en un servidor de Internet; o bien aplicando el método de micropagos de I-tunes, música adquirida por Internet, a la compra de artículos. Los blogueros, inevitablemente, no lo ven.
Jeff Jarvis, uno de los personajes del anti-establishment mediático más locuaces de la web, se burla de los "viejitos" que no acaban de entender lo imposible que es restringir el acceso a artículos digitales, lo infinitamente porosa que es la web.
Spencer Reiss, director del Monaco Media Forum, un encuentro anual entre dirigentes de lo que llaman new y old media, dice que buscar la salvación en el I-news es una fantasía porque niega la realidad de que una canción dura eternamente, mientras que una noticia caduca en un día. De todos modos, es seguro que el método del micropago se intentará.
La clave sería descubrir un procedimiento ágil por el cual se pagaría, por ejemplo, tres céntimos para leer un determinado artículo, y quizá 50 para tener acceso ilimitado a la página web de un diario durante 24 horas.
Otra idea para mantener a flote a los grandes buques, aunque ya se ha intentado, es la del pago por suscripción en la web. The Wall Street Journal lo ha hecho, con cierto éxito. Pero, como muchos han señalado, es un caso excepcional debido a que ofrece un servicio financiero muy especializado y a que, como observa Spencer Reiss con ironía, más de la mitad de los pagos los hacen las empresas.
Las noticias generales de interés para lectores no empresariales -accidentes aéreos, resultados deportivos, declaraciones de políticos- se pueden obtener gratis a través de innumerables fuentes, mucho más allá de los periódicos tradicionales. Y, como señala Jeff Jarvis, aunque haya un núcleo reducido de personas dispuesto a pagar por leer noticias exclusivas o columnas bien escritas, la realidad es que los ingresos que generan no compensan las inevitables pérdidas de publicidad. Al menos, a día de hoy.
Porque, ¿qué pasa si muchas empresas llegan a la conclusión de que no les funciona la publicidad en Internet? ¿O si el anunciante descubre que le rinde más asociarse, como propone Benjamín Lana, con una marca de credibilidad, como un gran periódico, que con una advenediza página web?
Si el periodismo está en crisis hoy, como lo está la economía mundial, es en gran medida por la tendencia del ser humano a creer que las circunstancias de hoy se van a reproducir siempre. Y aunque los blogueros se ríen de los viejos rockeros del periodismo precisamente por esta razón, lo que ignoran es que posiblemente ellos también se encuentren atrapados en lo que acaba siendo otra variante más del mismo conservadurismo mental.
¿Y si aparece una nueva invención que suplante a Internet? O, aunque Internet siga ahí como medio de comunicación, ¿qué pasa si la gente cambia de hábitos? Todo el mundo parece suponer que, dado que los jóvenes de 20 años no leen en papel, los que hoy tienen ocho años también optarán por una pantalla digital como su método favorito de comunicar con la gente y enterarse de lo que pasa en el mundo. Pero, ¿qué ocurre si los niños de hoy se rebelan contra el onanismo dominante en las actuales generaciones jóvenes y buscan un contacto táctil y visual con personas no virtuales, sino físicas? Facebook y otras variantes de redes sociales podrían llegar a considerarse lastimosamente démodés de aquí a diez años.
El gran consuelo del periodista, o del que aspira a serlo, es que lo que él hace no es una moda fugaz. Ha existido y ha estado en ininterrumpida demanda desde mucho antes de la aparición de Internet; mucho antes de la primera imprenta; mucho antes, incluso, que la invención de la rueda. Hace 30.000 años había un grupo familiar o tribal que se sentaba alrededor de un fuego en una cueva.
Y ese grupo tenía necesidad de oír las noticias del día o de la semana o del mes. No tenían fotógrafos, pero sí especialistas que cumplían el mismo papel: los que dibujaban la caza del mamut en la pared. No tenían periodistas, escritores como los de hoy, pero sí contadores de historias, gente con un don o una pasión por observar las cosas y relatarlas de manera convincente y entretenida. Y la familia o la tribu se sentaba alrededor del fuego y escuchaba con interés, pavor, risa o una mezcla de las tres cosas cómo el contador de historias narraba la caza del mamut de esa mañana, cuándo y dónde y cómo ocurrió, qué peligro tuvo la acción, qué emociones sintieron en el momento que entendieron que el animal era el que iba a morir, y no ellos.
En vez de la caza del mamut hoy tenemos fútbol, política, guerras, crisis económicas, arte, vidas de famosos. Hasta que los circuitos interiores del sistema cerebral humano cambien de manera radical, existirá un mercado para los que lo cuentan. En eso todos están de acuerdo. Desde Fernández Hermana y Shirky hasta Bennett y Cebrián.
Bennett confesó, tras 45 minutos de conversación, que no tenía absolutamente nada claro, salvo la convicción de que el ser humano seguirá queriendo que le cuenten historias y se las cuenten bien.
Si no se descubre un modelo de negocio viable para que un periodismo como el de hoy, y como el de tiempos de Dickens, se pueda sostener en la era de Internet (mientras dure), es posible que el número de diarios se siga reduciendo y que menos personas se ganen el pan haciendo periodismo. Pero, en el peor de los casos, los buenos sobrevivirán.
Como dice Benjamín Lana, habrá muchas personas escribiendo muchas cosas en muchos ordenadores, "pero la pregunta sigue siendo la de siempre: ¿qué tiene usted que contar?".
Y si tiene cosas valiosas de contar, se le leerá. No es ninguna casualidad que, como comentó Philip Bennett, las seis historias de The Washington Post que ganaron premios Pulitzer el año pasado estuvieron entre las más vistas en la historia de la edición web del diario.
Trataban de Dick Cheney y de Irak, pero también de un violinista que se ganaba la vida en el metro de la capital estadounidense.
Existe una diferencia entre escribir y teclear. En el Senado de Estados Unidos lo preguntaba esta misma semana John Kerry, el candidato presidencial del Partido Demócrata en 2004: ¿serán los periodistas ciudadanos, los blogueros y otros capaces de producir periodismo de alta calidad?
La respuesta, según Kerry, es evidentemente que no. Los que poseen más conocimiento profesional, los que escriben con más gracia o elegancia, los que poseen más conocimiento, los que dedican más entusiasmo a su trabajo, los rigurosos, los que arriesgan más, los que salen a la calle a informarse: ellos, como en cualquier otra rama de la vida, triunfarán.
Los periódicos que, en el formato que sea, respondan de manera más efectiva al imperativo de instruir y divertir triunfarán también. The Economist de Londres seguirá vivo de aquí a 50 años porque, independientemente del acuerdo que suscite su línea editorial, tiene la fórmula.
The Seattle Post Intelligencer y las demás víctimas estadounidenses han caído en parte debido al efecto Internet, pero también porque son una versión inferior de un estilo de periodismo americano que si no es de óptima calidad y alta fiabilidad, como The New York Times, es más un tratado legal o un documento académico que una lectura amena para un público general.
A diferencia de The Economist o de The Guardian de Londres, periódicos que entienden la necesidad de deleitar además de instruir, que son serios, pero da gusto leerlos.
The Guardian arrasa en Internet en Estados Unidos, donde está la mitad de su público digital de 29 millones de pares de ojos. Y eso no es porque hayan contratado a los cracks de Yahoo, sino porque tienen en sus filas a grandes contadores de historias, periodistas que salen y ven y oyen y huelen y reflexionan y evalúan y confirman hechos y siguen conscientemente la tradición populista y, sin embargo, inteligente de Charles Dickens. Al final, lo que perdura, como las grandes novelas del siglo XIX, es la calidad.
Y quién sabe, incluso, si el papel está condenado a desaparecer. Como decía hace unos años el director de The Independent de Londres, cuando se iniciaba la era Internet: "Y si sólo existieran periódicos digitales y alguien apareciera y dijera, oye, ¿qué tal si imprimimos las noticias en papel reciclable, grato al tacto y la vista? Sería la bomba".
Y en cuanto a la pregunta del millón, el dinero y cómo ganarlo con el periodismo, dado que Internet ha usurpado la publicidad, Earl J. Wilkinson citó al director de un periódico que le dijo que, por más presión y ansiedad que haya en el negocio hoy, nunca había visto tanta fiebre de creatividad. Así reacciona la especie en tiempos de crisis.
El gran debate sobre el futuro de los medios impresos y la era de la globalización nos obliga preguntarnos ¿el periodismo tendrá el mismo poder si desaparece el diario impreso? ¿Podrán caer gabinetes, renunciar altos funcionarios y meter presos a tanto sinverguenza se denuncia SIN LOS DIARIOS IMPRESOS?
Estas preguntas aún no pueden ser respondidas porque todavía no se da una situación como esa en el Perú y tampoco en ningún país del mundo. Por la sencilla razón: Aún los periódicos siguen imprimiéndose y el público se deleita con leer o tener en sus manos un diario.
Sinembargo, el debate está abierto en analizar el futuro del periodismo y la era digital, que también hacen que se pregunten: ¿Será el mismo negocio? ¿La publicidad tendrá la misma fuerza? ¿Habrán mejores periodistas? o ¿Todos seremos periodistas?
Estas interrogantes se despejan de la excelente crónica del periodista Jhon Carlin que se las ofrecemos.
El momento crucial
La crisis económica y la revolución de Internet ponen duramente a prueba la industria periodística.
Nadie sabe qué va a ocurrir, pero cada vez hay más lectores y los expertos creen en el futuro del periodismo
Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación".
Así arranca la novela Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, el periodista más famoso de todos los tiempos. La trama del libro, escrito en 1859, se desarrolla durante la Revolución Francesa. Dickens, que trabajó en media docena de periódicos, podría haber escrito las mismas palabras hoy sobre la revolución de Internet.
La irrupción de la world wide web en el antiguo imperio del periodismo ha provocado incertidumbre y confusión, sin que nadie tenga muy claro si la toma de esta Bastilla debe de ser motivo de esperanza o de desesperación. El consenso sólo existe alrededor de una gran contradicción: que vivimos en el mejor de los tiempos para el periodismo, y también en el peor.
Nunca ha habido una mejor época para hacer periodismo escrito, y nunca ha habido una peor para ganarse la vida ejerciéndolo; hay más mercado que nunca, pero menos ingresos.
La tendencia se ve con especial nitidez en Estados Unidos, tantas veces precursor de lo que nos espera en el resto del mundo occidental. El panorama es inquietante: la media diaria de ejemplares vendidos allí ha bajado de 62 millones a 49 millones desde que hace 15 años Internet empezó a volverse accesible a todos. Unos cien diarios se han visto obligados a dejar de imprimir en papel.
En el mismo periodo, el número de lectores de periodismo digital en Estados Unidos ha ascendido de cero a 75 millones. La fuga de la publicidad, la sangre comercial del periodismo en papel, ha reducido las ganancias de manera drástica, lo que ha derivado en grandes cantidades de despidos (se maneja una cifra de 15.000 en Estados Unidos el año pasado) o, para los que han tenido más suerte, de prejubilaciones.
Philip Bennett, jefe de redacción de The Washington Post entre 2005 y finales de 2008, se vio con la infeliz tarea de prejubilar a 250 de sus compañeros. "Y esto lo tuve que hacer con la paradoja siempre en mente de que vivimos una época horrible para las empresas de noticias, pero una edad de oro para el periodismo", dijo Bennett, un ilustre periodista, ampliamente reconocido como tal en su país. "Hay muchos más lectores, pero una presión terrible sobre el dinero y los recursos. Por eso el Post y también The New York Times han perdido dinero en 2008 por primera vez en 50 años".
La prensa europea, sin excluir a EL PAÍS y otros grandes diarios españoles que han vivido un fin de 2008 horríbilis, comparte la sensación generalizada de que lo más complicado está por llegar. Y aunque lo mismo se puede decir de casi todos los sectores de la economía, la diferencia reside en que el negocio del periodismo ha recibido una sacudida doble: está también en el epicentro de la tormenta Internet. La crisis global lo que ha hecho es acelerar el inevitable impacto de la revolución digital.
EL PAÍS ha obtenido información para este reportaje a través de entrevistas cara a cara (como en los viejos tiempos); entrevistas por teléfono fijo y móvil; por telefonía de Internet (voz, o voz y vídeo); a través de artículos en diarios del establishment mediático, como The New York Times (o el propio EL PAÍS), o frente a la pantalla de un ordenador, vía el babel sin fronteras de la red.
Se recibió todo un abanico de opiniones, desde el pesimismo de un gurú de la red en Estados Unidos, convencido de que no hay fuerza capaz de impedir la extinción del periodismo, no sólo en papel, sino como concepto, hasta el optimismo de un empresario nigeriano que acaba de inaugurar un periódico que se comercializará en papel por toda África y por vía digital a millones de clientes internacionales; desde un directivo de The Guardian de Londres, que se pregunta si el nuevo periodismo -suponiendo que la palabra siga teniendo relevancia- será meramente local, una especie de Facebook para vecinos, hasta The Wall Street Journal, que hoy mismo está abriendo nuevas corresponsalías internacionales y cuyo dueño, el magnate Rupert Murdoch, apuesta por periódicos de un mayor alcance global.
Ahora, lo que nadie sabe, ni pretende saber, es la respuesta a la pregunta del millón: ¿cómo seguir ganando dinero con el periodismo? ¿O desaparecerá la profesión, como los dinosaurios o Marie Antoinette?
Se trata de algo más que la supervivencia de un sector minoritario de la economía. Los periódicos han desempeñado un papel central en la sociedad durante los últimos 200 años. Influyen en el poder de los Gobiernos, en el dinero de las empresas y en el entretenimiento de las masas.
Por eso muchas voces, muchas veces discordantes, se han sumado al debate sobre su futuro. En líneas generales hay tres corrientes de opinión: los blogueros (por así llamarlos), convencidos de que el periódico como lo hemos conocido durante 200 años y el ancien régime del periodismo empresarial están condenados a la extinción; los viejos rockeros, defensores del antiguo orden, que creen que tras una época de inevitables ajustes y transformación, los grandes buques insignia no sólo sobrevivirán, sino que emergerán fortalecidos; y los de mentes abiertas (o confusas) que observan el espectáculo con honesta perplejidad y, al estilo Dickens, no saben muy bien qué conclusiones sacar.
Clay Shirky, uno de los blogueros más prolíficos y que más debate generan sobre el tema, resume el desdén que su bando siente hacia los reaccionarios del viejo periodismo cuando escribe: "Dale y dale, la gente dedicada a salvar a los periódicos siempre con la misma pregunta: 'Si el antiguo modelo está roto, ¿qué funcionará en su lugar?'. Y la respuesta es: Nada. Nada funcionará. No hay ningún modelo para reemplazar el que Internet acaba de destrozar".
El deleite iconoclasta de Shirky lo comparte un bloguero español, el periodista científico Luis Ángel Fernández Hermana, que lleva desde principios de los noventa advirtiendo de la hecatombe. "Los grandes medios han estado en el centro de la revolución, de la problemática que plantea Internet, y aunque era obvio desde hace 12años que tenían que adaptarse y cambiar, se quedaron parados, o dan bandazos absurdos como cobrar suscripciones para sus versiones en Internet y después dejar de cobrarlas. Ahora se encuentran frente a un dilema insuperable, porque lo que está claro es que el sistema empresarial de periodismo no se puede preservar".
En el bando de los viejos rockeros destaca la voz de Bill Keller, director de The New York Times, el periódico con la plantilla más grande del mundo occidental: 1.200 redactores. Keller es uno de los blancos preferidos de los blogueros, que se mofan de la fe que sigue expresando en la capacidad de los dinosaurios de sobrevivir al meteorito de Internet. "¡No hay límite para la polémica, basada en una fe casi religiosa, que genera el tema de los periódicos!", declara Keller, mofándose a su vez. "Pero debemos guardar un cierto escepticismo ante tanta inquebrantable certidumbre. No sabemos con seguridad cómo separar las consecuencias de la calamitosa crisis económica de los cambios de comportamiento a largo plazo que generan las nuevas tecnologías. En los próximos dos años debemos examinar todas las opciones, poner todo a prueba. Lo que yo espero es que durante un futuro previsible nuestro negocio siga siendo una mezcla de papel impreso y contenidos online, y que el crecimiento online compense el declive (gradual, esperemos) del papel".
Menos conocido que Keller, pero quizá con acceso a más amplia información, es Earl J. Wilkinson, el director ejecutivo de International Newsmedia Marketing Association (INMA), una organización con más de 1.200 socios en 82 países. Wilkinson, que pertenece claramente al campo conservador, ha hecho un amplio sondeo y ha llegado a la conclusión de que "la muerte del periódico es una de las grandes exageraciones surgidas del colapso económico de hoy".
Philip Bennett, contratado hoy por el dueño de The Washington Post para investigar fórmulas digitales que eviten la desaparición del periodismo como negocio, pertenece al bando de las mentes abiertas pero confusas, a mitad de camino entre los robespierres del mundo bloguero y la vieja guardia conservadora.
Bennett se niega a aceptar la premisa de que "nada, nada funcionará", pero sí acepta que la estrategia de muchos periódicos de reducir gastos no ofrece ninguna solución a largo plazo y que hay que tener imaginación a la hora de buscar nuevos modelos tanto de negocio como de periodismo. "La era de las grandes redacciones, de 800 en plantilla trabajando para una versión en papel y otra en la web, no parece viable", dice. "Yo creo que la era del periódico está acabada, que el debate se debe centrar no en la supervivencia del periódico, sino en la supervivencia del periodismo como lo hemos entendido".
Si en Estados Unidos las opiniones sobre el futuro del periodismo son especialmente tajantes, o negativas, tiene que ver en parte con el hecho práctico de que es el país en el que más gente tiene acceso a Internet. En el Reino Unido se observa un fenómeno parecido.
Simon Waldman, el director de estrategia digital del Grupo Guardian Media, que incluye The Guardian y The Observer de Londres, no duda de que el diario en la red pronto se convertirá en el instrumento periodístico "por defecto" y que el diario en papel se seguirá vendiendo de manera reducida a un grupo de connaisseurs de más bien avanzada edad.
Pero quizá ésta sea una visión demasiado anglosajona de la coyuntura actual, o de gente que habita de manera obsesiva el entorno de la red. Para ir al otro extremo, en China, India y África, donde el acceso a la red sigue siendo reservado a una minoría privilegiada, el debate no es tan apremiante, y el papel sigue siendo muy viable.
España ocupa una especie de lugar intermedio, ya que el fenómeno Internet todavía no ha calado de manera tan extensa en la sociedad como en Estados Unidos. Juan Luis Cebrián, presidente ejecutivo del Grupo PRISA (dueño de EL PAÍS), entiende que, como se trata de una revolución global, existen diferencias de criterio geográficas. "Pero lo que sucede en Estados Unidos debe servir de aviso respecto a lo que va a suceder en Europa.
No hay ninguna razón para suponer que si grandes periódicos estadounidenses de casi 200 años cierran y se dedican a editar online, ésta no vaya a ser una tendencia que se generalice en otras democracias avanzadas". Cebrián matiza que la evolución de lo que puede suceder en España se condiciona por el hecho de que, hoy por hoy, la banda ancha es cara y relativamente lenta, lo cual ha influido en que la expansión del número de internautas se haya frenado. De todos modos, dice Cebrián, "la tendencia es a suponer que la impresión en papel va a continuar siendo reservada a unos pocos".
Entre los pocos podría estar el diario Abc, que publica en España el grupo Vocento. O así lo considera Benjamín Lana, director de innovación y desarrollo interno editorial del grupo. Lana cree que en España el papel seguirá siendo rentable durante un buen tiempo. En parte, como dice Cebrián, porque la penetración de Internet no está tan avanzada como en otros países. "Pero también porque existe un margen cultural para el diario en papel de dos siglos que no va a desaparecer en una generación.
Todavía hay margen para papel, o por lo menos en España, donde más de la mitad de la población todavía no accede al mundo digital", señala Lana, quien propone, de todos modos, operar teniendo en cuenta que la gente está más dispuesta a leer un diario impreso en determinados días que en otros. Por ejemplo: para muchos, la lectura del diario forma parte del rito de ocio dominical. Marca un grato y apacible paréntesis con la vida laboral, asociada para muchos con la pantalla de un ordenador.
"Entonces, un martes, día en que la gente tiene menos tiempo para leer, se podría producir un periódico en papel más conciso, posiblemente más explicativo y analítico, quizá más orientado hacia una reducida élite, y ahorrar energías para invertirlas más a fondo en el fin de semana". El concepto lo parece compartir The New York Times, ya que acaba de lanzar una oferta de suscripciones al diario impreso limitada a los fines de semana.
Earl Wilkinson, el director ejecutivo de International Newsmedia Marketing, propone algo parecido. Imprimir más, de forma sistemática y flexible, en los días de más receptividad y dejar que en los días flojos la producción baje a sus "niveles naturales". Agrega que en determinados días el diario se podría concentrar en ciertos temas; por ejemplo, los lunes darle más espacio, empezando por la primera página, a los deportes. "Así los diarios irán dejando atrás su práctica de perder dinero en los días flojos y concentrarán sus recursos en los días fuertes".
Otro argumento a favor de que el final del diario en papel todavía tiene vida por delante es algo que le diferencia fundamentalmente de la noticia en la pantalla: su íntima tactilidad. Como observa Cebrián: "Un periódico genera una relación muy intensa con los lectores. La gente no dice 'mi película' o 'mi libro', pero un lector de EL PAÍS o de Abc sí dice 'mi periódico'. En cierta manera, asociarse con un determinado periódico forma parte de su identidad.
Es una relación individual con un objeto que a su vez se hace social. ¿Cómo se recrea ese aspecto táctil fuera de la impresión en papel? Un teléfono móvil, un kindle [aparato de lectura de libros digital], también son objetos. En la medida en que aparezcan terminales digitales que sean sustitutivos mejores del periódico, el periódico estará más amenazado".
Uno de esos sustitutivos podría ser el e-newspaper, el periódico electrónico, un soporte de plástico del tamaño de El País Semanal -pero la mitad de grosor- que está desarrollando una empresa estadounidense llamada Plastic Logic. Varios periódicos, entre ellos The New York Times, se han interesado en la propuesta, que permitiría recibir información de la red (al igual que la pantalla de un ordenador), pero mediante un formato que combina un manejo fácil y la apariencia de un diario en papel.
Pero la mayor amenaza es el coste de la publicación en papel. Spencer Reiss, que abandonó Newsweek a mitad de los noventa para incorporarse a la primera gran revista de la ciberépoca, Wired, lo explica con la claridad revolucionaria que define al bando bloguero. "El plan A es publicar un diario por el método tradicional, por ejemplo en Madrid, lo cual implica cortar árboles en Escandinavia, procesar la madera para convertirla en papel, transportar el papel en barco a un puerto y después en camión a la capital. Ahí tienes un caro inmueble en el que trabaja tu extensa y costosa redacción y operan tus máquinas de impresión, con sus costosos operarios. Y todavía te queda la fase final de transportar el producto impreso a los extensos y dispersos punto de venta. El plan B es un tipo con un ordenador que aprieta unas teclas y envía el mismo producto a las pantallas de un número ilimitado de consumidores. ¿Quién gana?".
La lógica es aplastante. Y, como señala Phil Bennett, el ex de The Washington Post, tiene consecuencias injustas. Porque una vez hecha la gigantesca inversión, el producto final -por ejemplo, una noticia escrita por un corresponsal en Bagdad- aparece al instante y gratis en uno de los innumerables portales de Internet.
"Es como construir un coche, que te lo roben y que después los asientos o las ruedas o las bujías aparezcan en los escaparates de The Huffington Post o en Google, que a su vez hacen negocio con ellas vendiendo publicidad. Sólo que en este caso el robo es perfectamente legal, claro".
Rupert Murdoch dijo lo mismo, de manera más tajante, hace unos días: "¿Debemos permitir a Google robar todos nuestros derechos de autor? Gracias, pero no". El empleado favorito de Murdoch, el director de The Wall Street Journal, Robert Thomson, se ha hecho eco de su jefe al denunciar a ciertos sitios de la red como "parásitos".
Los otros grandes beneficiados del contenido periodístico de alto calibre en Internet son las empresas telefónicas que venden el acceso a la red. Mientras tanto, los que han invertido dinero en el producto lo acaban perdiendo.
Tanto disparate ha tenido, para algunos periódicos, resultados demoledores. The Seattle Post Intelligencer, con 146 años de vida, apagó sus máquinas de impresión el mes pasado, reduciendo su redacción de 167 a un grupúsculo de 20 redactores que se limitará a generar, bajo la misma cabecera, un diario digital. Otro venerable diario estadounidense, The Christian Science Monitor, publicó su última edición impresa diaria el pasado 27 de marzo, y el San Francisco Chronicle, por falta de compradores, está a punto de hacer lo mismo.
El problema, y lo que nos devuelve a la gran pregunta de cómo seguir ganando dinero con el periodismo, es que hasta ahora se ha demostrado que la publicidad digital no se aproxima ni de cerca a la rentabilidad de la publicidad en papel. Según un estudio del reputado centro de investigación Pew, con base en Washington, pasar a producir un diario exclusivamente en la web significa perder un 90% de ingresos. O quizá más.
Cebrián conoce bien esta realidad, pero se ve obligado a reconocer, como Phil Bennett, de The Washington Post, que hay más preguntas que respuestas, que hay que aceptar con humildad que "estamos en la prehistoria" de una nueva era, y que pretender proyectar el futuro con seguridad es de necios. "En la red", dice, "no hay modelo de negocio como tal. Los modelos de negocio que existen, como Google o Microsoft, son grandes monopolios mundiales.
El problema es muy grande. Consiste en cambiar el modelo de producción del periódico, haciendo que siga manteniendo altos márgenes de rentabilidad como los ha mantenido en los últimos dos siglos. Porque si no, no se invertirá en información. Con márgenes de explotación del 4% en Internet no se puede enviar a corresponsales a lugares de conflicto. Por tanto, hay que buscar un modelo de negocio razonable en los medios impresos".
Cebrián sugiere que una pista la puede dar Barack Obama. "Es presidente de Estados Unidos gracias no a la prensa ni a la televisión ni a la radio, sino a que ha sabido utilizar la red. Si los periodistas aprendemos a utilizarla, triunfaremos también".
¿Dónde buscar? Lo normal es esperar que gente como Phil Bennett o Simon Waldman de The Guardian, especialistas en la materia a tiempo completo, den con la solución. Waldman contó que The Guardian ha avanzado tanto en su concepto de la centralidad de la red que hoy está reclutando a superestrellas del mundo digital, provenientes de empresas como Yahoo, sin experiencia periodística alguna.
La idea, que Bennett apoya de manera entusiasta, es que la fusión de los dos tipos de cerebros, los del periodismo clásico y el digital, ayuden a crear un nuevo modelo viable. Lo que quizá no le entusiasme tanto a Bennett es la posibilidad, propuesta por Waldman y sus ágiles blogueros, de que el periodismo se transforme en un intercambio de noticias de interés compartido entre comunidades de vecinos o que se creen islas de noticias u opinión entre grupos de personas unidas por una red social sin fronteras al estilo de Facebook. "Puede ser que prefieran esa intimidad de criterio a leer lo que les dice una voz distante y desconocida".
Pero volvemos a lo mismo. ¿Cómo ganar dinero? ¿Cómo vivir del periodismo? Ya que se trata de una revolución global la que estamos viviendo, quizá se podría buscar respuestas a la incógnita en los países llamados "en desarrollo", donde la ausencia de estructuras antiguas les obliga a empezar de cero, a forjar nuevas empresas adaptadas a la realidad tecnológica de hoy y no a las de la revolución industrial...
Dele Olojede, nigeriano que trabajó 20 años en la prensa estadounidense y ganó un Premio Pulitzer, acaba de hacer algo inimaginable en Estados Unidos o Europa: lanzar un nuevo periódico nacional en su país con la intención próximamente de extender la circulación, en papel, a cuatro países africanos.
Se llama Next y se inauguró el pasado mes de enero en la red (234next.com). Antes del Mundial de Suráfrica, el año que viene, se publicará una edición africana que, si se cumplen las previsiones, se venderá, con delegaciones propias e impresoras locales, en El Cairo, Johanesburgo, Nairobi y Accra, la capital de Ghana.
Sus antiguos colegas en Estados Unidos ven lo que está montando Olojede con incredulidad, pero él insiste en que Next no es un proyecto quijotesco. "Primero, porque aquí y en India, en China y en otros países donde vemos clases medias emergentes, la gente busca símbolos de estatus social, y leer un diario es uno de ellos".
Pero lo más interesante es ver cómo, contra todo pronóstico posible, África podría estar aportando a la confusa industria del periodismo una cierta idea del camino a seguir. Los periodistas en plantilla han recibido cursos intensivos en el uso de minivideocámaras y Blackberries y otros aparatos de última tecnología que agilizarán la transmisión de las noticias, sea al diario en papel, sea a la pantalla de un ordenador, o sean contenidos personalizados a un teléfono móvil. Agilidad, versatilidad, rapidez y minimización de costes son las claves del modelo de Next.
"No tendremos 25 fotógrafos en plantilla, sino que dependeremos de colaboradores en todas partes", explica Olojede. "La clave consiste en tener gente capacitada en la redacción y una extensa red de reporteros colaborando por todo el país, en África y en el resto del mundo. La calidad estará garantizada porque habrá una competencia feroz. Los mejores y los más fuertes sobrevivirán, y ganarán buen dinero con nosotros".
Lo interesante es que Olojede está poniendo en marcha precisamente lo que propone Earl Wilkinson para los periódicos estadounidenses y europeos. Wilkinson insiste en la oportunidad de rebajar costes a través de un uso "selectivo" de la opción digital; adaptar el producto periodístico de abajo arriba a las necesidades de la audiencia, en vez de imponer un producto de arriba abajo, y crear una fuerza laboral capaz de moverse con facilidad entre diferentes medios de comunicación, con especial atención a los medios digitales.
Con el tiempo, como dice Bill Keller, se pondrán a prueba más y más opciones para ver cómo convertir el periodismo en un negocio viable. Una opción que se ha propuesto con entusiasmo recientemente en las páginas de The New York Times y de la revista Time se basa en la idea de "salvar" al periodismo de la misma manera que se ha "salvado", hasta cierto punto, a la industria de la música: aplicando una suerte de canon similar al de la música al comprar un ordenador, o al darse de alta en un servidor de Internet; o bien aplicando el método de micropagos de I-tunes, música adquirida por Internet, a la compra de artículos. Los blogueros, inevitablemente, no lo ven.
Jeff Jarvis, uno de los personajes del anti-establishment mediático más locuaces de la web, se burla de los "viejitos" que no acaban de entender lo imposible que es restringir el acceso a artículos digitales, lo infinitamente porosa que es la web.
Spencer Reiss, director del Monaco Media Forum, un encuentro anual entre dirigentes de lo que llaman new y old media, dice que buscar la salvación en el I-news es una fantasía porque niega la realidad de que una canción dura eternamente, mientras que una noticia caduca en un día. De todos modos, es seguro que el método del micropago se intentará.
La clave sería descubrir un procedimiento ágil por el cual se pagaría, por ejemplo, tres céntimos para leer un determinado artículo, y quizá 50 para tener acceso ilimitado a la página web de un diario durante 24 horas.
Otra idea para mantener a flote a los grandes buques, aunque ya se ha intentado, es la del pago por suscripción en la web. The Wall Street Journal lo ha hecho, con cierto éxito. Pero, como muchos han señalado, es un caso excepcional debido a que ofrece un servicio financiero muy especializado y a que, como observa Spencer Reiss con ironía, más de la mitad de los pagos los hacen las empresas.
Las noticias generales de interés para lectores no empresariales -accidentes aéreos, resultados deportivos, declaraciones de políticos- se pueden obtener gratis a través de innumerables fuentes, mucho más allá de los periódicos tradicionales. Y, como señala Jeff Jarvis, aunque haya un núcleo reducido de personas dispuesto a pagar por leer noticias exclusivas o columnas bien escritas, la realidad es que los ingresos que generan no compensan las inevitables pérdidas de publicidad. Al menos, a día de hoy.
Porque, ¿qué pasa si muchas empresas llegan a la conclusión de que no les funciona la publicidad en Internet? ¿O si el anunciante descubre que le rinde más asociarse, como propone Benjamín Lana, con una marca de credibilidad, como un gran periódico, que con una advenediza página web?
Si el periodismo está en crisis hoy, como lo está la economía mundial, es en gran medida por la tendencia del ser humano a creer que las circunstancias de hoy se van a reproducir siempre. Y aunque los blogueros se ríen de los viejos rockeros del periodismo precisamente por esta razón, lo que ignoran es que posiblemente ellos también se encuentren atrapados en lo que acaba siendo otra variante más del mismo conservadurismo mental.
¿Y si aparece una nueva invención que suplante a Internet? O, aunque Internet siga ahí como medio de comunicación, ¿qué pasa si la gente cambia de hábitos? Todo el mundo parece suponer que, dado que los jóvenes de 20 años no leen en papel, los que hoy tienen ocho años también optarán por una pantalla digital como su método favorito de comunicar con la gente y enterarse de lo que pasa en el mundo. Pero, ¿qué ocurre si los niños de hoy se rebelan contra el onanismo dominante en las actuales generaciones jóvenes y buscan un contacto táctil y visual con personas no virtuales, sino físicas? Facebook y otras variantes de redes sociales podrían llegar a considerarse lastimosamente démodés de aquí a diez años.
El gran consuelo del periodista, o del que aspira a serlo, es que lo que él hace no es una moda fugaz. Ha existido y ha estado en ininterrumpida demanda desde mucho antes de la aparición de Internet; mucho antes de la primera imprenta; mucho antes, incluso, que la invención de la rueda. Hace 30.000 años había un grupo familiar o tribal que se sentaba alrededor de un fuego en una cueva.
Y ese grupo tenía necesidad de oír las noticias del día o de la semana o del mes. No tenían fotógrafos, pero sí especialistas que cumplían el mismo papel: los que dibujaban la caza del mamut en la pared. No tenían periodistas, escritores como los de hoy, pero sí contadores de historias, gente con un don o una pasión por observar las cosas y relatarlas de manera convincente y entretenida. Y la familia o la tribu se sentaba alrededor del fuego y escuchaba con interés, pavor, risa o una mezcla de las tres cosas cómo el contador de historias narraba la caza del mamut de esa mañana, cuándo y dónde y cómo ocurrió, qué peligro tuvo la acción, qué emociones sintieron en el momento que entendieron que el animal era el que iba a morir, y no ellos.
En vez de la caza del mamut hoy tenemos fútbol, política, guerras, crisis económicas, arte, vidas de famosos. Hasta que los circuitos interiores del sistema cerebral humano cambien de manera radical, existirá un mercado para los que lo cuentan. En eso todos están de acuerdo. Desde Fernández Hermana y Shirky hasta Bennett y Cebrián.
Bennett confesó, tras 45 minutos de conversación, que no tenía absolutamente nada claro, salvo la convicción de que el ser humano seguirá queriendo que le cuenten historias y se las cuenten bien.
Si no se descubre un modelo de negocio viable para que un periodismo como el de hoy, y como el de tiempos de Dickens, se pueda sostener en la era de Internet (mientras dure), es posible que el número de diarios se siga reduciendo y que menos personas se ganen el pan haciendo periodismo. Pero, en el peor de los casos, los buenos sobrevivirán.
Como dice Benjamín Lana, habrá muchas personas escribiendo muchas cosas en muchos ordenadores, "pero la pregunta sigue siendo la de siempre: ¿qué tiene usted que contar?".
Y si tiene cosas valiosas de contar, se le leerá. No es ninguna casualidad que, como comentó Philip Bennett, las seis historias de The Washington Post que ganaron premios Pulitzer el año pasado estuvieron entre las más vistas en la historia de la edición web del diario.
Trataban de Dick Cheney y de Irak, pero también de un violinista que se ganaba la vida en el metro de la capital estadounidense.
Existe una diferencia entre escribir y teclear. En el Senado de Estados Unidos lo preguntaba esta misma semana John Kerry, el candidato presidencial del Partido Demócrata en 2004: ¿serán los periodistas ciudadanos, los blogueros y otros capaces de producir periodismo de alta calidad?
La respuesta, según Kerry, es evidentemente que no. Los que poseen más conocimiento profesional, los que escriben con más gracia o elegancia, los que poseen más conocimiento, los que dedican más entusiasmo a su trabajo, los rigurosos, los que arriesgan más, los que salen a la calle a informarse: ellos, como en cualquier otra rama de la vida, triunfarán.
Los periódicos que, en el formato que sea, respondan de manera más efectiva al imperativo de instruir y divertir triunfarán también. The Economist de Londres seguirá vivo de aquí a 50 años porque, independientemente del acuerdo que suscite su línea editorial, tiene la fórmula.
The Seattle Post Intelligencer y las demás víctimas estadounidenses han caído en parte debido al efecto Internet, pero también porque son una versión inferior de un estilo de periodismo americano que si no es de óptima calidad y alta fiabilidad, como The New York Times, es más un tratado legal o un documento académico que una lectura amena para un público general.
A diferencia de The Economist o de The Guardian de Londres, periódicos que entienden la necesidad de deleitar además de instruir, que son serios, pero da gusto leerlos.
The Guardian arrasa en Internet en Estados Unidos, donde está la mitad de su público digital de 29 millones de pares de ojos. Y eso no es porque hayan contratado a los cracks de Yahoo, sino porque tienen en sus filas a grandes contadores de historias, periodistas que salen y ven y oyen y huelen y reflexionan y evalúan y confirman hechos y siguen conscientemente la tradición populista y, sin embargo, inteligente de Charles Dickens. Al final, lo que perdura, como las grandes novelas del siglo XIX, es la calidad.
Y quién sabe, incluso, si el papel está condenado a desaparecer. Como decía hace unos años el director de The Independent de Londres, cuando se iniciaba la era Internet: "Y si sólo existieran periódicos digitales y alguien apareciera y dijera, oye, ¿qué tal si imprimimos las noticias en papel reciclable, grato al tacto y la vista? Sería la bomba".
Y en cuanto a la pregunta del millón, el dinero y cómo ganarlo con el periodismo, dado que Internet ha usurpado la publicidad, Earl J. Wilkinson citó al director de un periódico que le dijo que, por más presión y ansiedad que haya en el negocio hoy, nunca había visto tanta fiebre de creatividad. Así reacciona la especie en tiempos de crisis.
OBAMA EN EL DEBATE POR EX CANCILLER MEXICANO
Jorge Castañeda, ex izquierdista y ex Canciller Mexicano, nos da una explicación sobre la gestión de Barack Obama, su Nobel de la Paz y si es un presidente negro o progresista.
Obama, ¿presidente negro o progresista?
Nadie se lo ha dicho en público, pero Barack Obama seguramente lo sabe. Afronta un dilema desgarrador, paradójico y, en el fondo, diabólico, que explica las adversidades que lo agobian hoy, dentro y fuera de su país, y que seguramente definirán el destino y el desenlace de su Gobierno.
El debate suscitado en Estados Unidos por su premio Nobel de la Paz -emblemático y basado en esperanzas futuras, más que en realizaciones pasadas- lo comprueba sin ambages, al mostrar cómo lo que debiera ser motivo de orgullo para un país entero se vuelve objeto de controversia.
Entendámonos: el actual ocupante de la Casa Blanca es un hombre progresista, y es afro-americano. No existe ninguna posibilidad de que se despoje de dichos atributos en su acepción más estricta. Pero en términos políticos, la alternativa es clara: no caben las dos opciones en la vida política norteamericana de hoy. Para ser un gran presidente progresista, tendría que volverse blanco; para ser un gran presidente negro, tendría que derechizarse. La elección resulta odiosa, pero por desgracia cierta.
La formulación de esta disyuntiva me vino de un seguimiento simple del debate sobre la reforma del sistema de seguridad social estadounidense del último par de meses, y en particular, de las dos semanas recién transcurridas. A partir de la rebelión -en gran parte orquestada, pero en alguna medida también espontánea- de la derecha de Estados Unidos en contra de la propuesta de Obama (aún no plenamente definida), surgió una pregunta clave. Dicha resistencia exacerbada, estridente, en ocasiones ofensiva e irreverente, ¿provenía de acendradas convicciones ideológicas, o de pasiones profundamente racistas?
Obama, Bill Clinton, los jerarcas demócratas y una parte de la comentocracia progresista de Estados Unidos, ni tarda ni perezosa, respondieron que el tema racial no tenía nada que ver. Se trataba, en las reuniones populares de agosto con legisladores, en las marchas en Washington de septiembre, en la desenfrenada oposición de ciertos medios de comunicación (sobre todo la radio y la cadena Fox), de una revuelta conservadora clásica: anti-Gobierno, anti-europea, anti-Washington, anti-"socialista": nada nuevo bajo el sol.
Pero otros editorialistas, como Frank Rich de The New York Times, y otros políticos demócratas como Jimmy Carter y la bancada afro-americana en el Congreso, menos proclives al imperativo de la corrección política, aseveraron en público lo que otros piensan en privado. Por supuesto que el racismo se halla presente en el mero centro del debate sobre la salud, dijeron, pero también en las discusiones que vienen: la reforma migratoria, la postura en Afganistán, el cambio climático. Por una sencilla razón: una parte -no toda, por supuesto- de la derecha norteamericana de base, es racista; y el racismo en Estados Unidos suele ser, ideológicamente, de derecha también.
Recordémoslo: no es así siempre, ni en todas partes. A principios y mediados de los años ochenta, el viejo electorado comunista en Francia abandonó al partido de Maurice Thorez y de Georges Marchais para votar por Le Pen; las banlieux rouges de París y Marsella le entregaron sus sufragios a un partido y a un líder racista. No dejaron de ser "de izquierda" pero se volvieron, o siempre habían sido, anti-inmigrantes, anti-árabes: en una palabra, racistas.
Obama no puede eliminar el racismo aún profundamente arraigado en la sociedad norteamericana, que es a su vez, sin duda, la menos racista de las sociedades post-industriales. Pero puede neutralizarlo, desactivarlo, moderarlo, en su caso, esterilizarlo políticamente: que los Estados y los votantes menos tolerantes sigan despreciando a los latinos, afro-americanos, asiático-americanos, pero voten por algunos candidatos de dichos orígenes étnicos, o por lo menos por uno de ellos: el propio Obama. No siempre, ni en todos lados, por cierto: en Luisiana, uno de los Estados más pobres de la Unión americana, por ejemplo, Obama obtuvo únicamente el 14% del voto blanco.
Pero no realizará jamás esa faena casi imposible si además de ser negro, propone políticas absolutamente deseables, necesarias, y sensatas, pero que contradicen los cánones más fundamentales de esa derecha. Al contrario: multiplicará las oposiciones a sus políticas y a su persona, al sumar las primeras a las segundas. Agudizará la animosidad de la derecha, por ser de izquierda; y la del racismo blanco, por ser negro. Tiene que escoger.
Conviene citar dos antecedentes, en apariencia contradictorios, pero en el fondo coincidentes. Algunos lectores recordarán cómo Bill Clinton y su esposa también lucharon por reformar (de manera menos ambiciosa que Obama) la protección social de Estados Unidos en 1993, y fueron derrotados, siendo no sólo blancos, sino centristas y oriundos de un Estado sureño. He allí la prueba, se dirá, que ni siquiera un blanco "derechizado" puede lograr mucho.
Pero conviene ubicar el tema en su contexto histórico. Los únicos presidentes demócratas desde 1964 en Estados Unidos -hace ya casi medio siglo- han sido sureños centristas, que realizaron transformaciones progresistas importantes, pero justamente por blindarse a su derecha. Lyndon Johnson, de Texas, a pesar de su debacle en Vietnam, consumó las reformas sociales más importantes de Estados Unidos desde Roosevelt; Jimmy Carter, de Georgia, promovió la política exterior norteamericana más avanzada de la historia moderna, centrada en los derechos humanos; y Bill Clinton, a pesar de sus taras personales, logró el crecimiento económico y el prestigio internacional más destacado de su país desde John Kennedy. La clave: provenían del sur, no espantaban, al principio, a la derecha, y supieron "recentrarse" el tiempo necesario para sacar adelante reformas fundamentales.
Obama no es del sur, no es blanco, y es mucho más progresista y preparado ideológicamente que Johnson, Carter o Clinton. Pero esto, que le favorece enormemente como orador y pensador, puede resultar contraproducente en materia electoral y política.
Si insiste en ser un primer mandatario progresista en lo interno -con una ambiciosa reforma de salud, migratoria, ambiental, laboral, etc.- puede lograrlo, pero sólo contra una verdadera insurrección de base de la derecha republicana, racista y conservadora, que cada día con mayor vehemencia esgrimirá argumentos -o insultos- racistas. Y ello pondrá en riesgo no sólo su propia reelección en 2012, sino la de cualquier afro-americano durante años.
A la inversa, si trata de presentarse como un presidente de centro -quizás utilizando para ello la política exterior, tradicional refugio conservador de presidentes progresistas en lo interno: Truman, Johnson y Kennedy, por ejemplo- podrá lograr que amaine la tormenta racista.
Podrá demostrar que un presidente afro-americano no es necesariamente un "radical", pero decepcionará -algunos dirán traicionará- a su base progresista. Estados Unidos, con su infinita capacidad de reinventarse y experimentar, goza hoy del lujo de plantearse este tipo de dilemas.
Obama, sin duda el mandatario más ilustrado y pensante que ha gobernado su país en décadas, padece el dilema del anverso de la medalla. Tiene que optar entre ser negro y ser progresista; por ahora, claramente ha escogido el segundo camino; apuesto que muy pronto lo descartará a favor del primero.
Jorge Castañeda, ex secretario de Relaciones Exteriores de México, es profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York.
Obama, ¿presidente negro o progresista?
Nadie se lo ha dicho en público, pero Barack Obama seguramente lo sabe. Afronta un dilema desgarrador, paradójico y, en el fondo, diabólico, que explica las adversidades que lo agobian hoy, dentro y fuera de su país, y que seguramente definirán el destino y el desenlace de su Gobierno.
El debate suscitado en Estados Unidos por su premio Nobel de la Paz -emblemático y basado en esperanzas futuras, más que en realizaciones pasadas- lo comprueba sin ambages, al mostrar cómo lo que debiera ser motivo de orgullo para un país entero se vuelve objeto de controversia.
Entendámonos: el actual ocupante de la Casa Blanca es un hombre progresista, y es afro-americano. No existe ninguna posibilidad de que se despoje de dichos atributos en su acepción más estricta. Pero en términos políticos, la alternativa es clara: no caben las dos opciones en la vida política norteamericana de hoy. Para ser un gran presidente progresista, tendría que volverse blanco; para ser un gran presidente negro, tendría que derechizarse. La elección resulta odiosa, pero por desgracia cierta.
La formulación de esta disyuntiva me vino de un seguimiento simple del debate sobre la reforma del sistema de seguridad social estadounidense del último par de meses, y en particular, de las dos semanas recién transcurridas. A partir de la rebelión -en gran parte orquestada, pero en alguna medida también espontánea- de la derecha de Estados Unidos en contra de la propuesta de Obama (aún no plenamente definida), surgió una pregunta clave. Dicha resistencia exacerbada, estridente, en ocasiones ofensiva e irreverente, ¿provenía de acendradas convicciones ideológicas, o de pasiones profundamente racistas?
Obama, Bill Clinton, los jerarcas demócratas y una parte de la comentocracia progresista de Estados Unidos, ni tarda ni perezosa, respondieron que el tema racial no tenía nada que ver. Se trataba, en las reuniones populares de agosto con legisladores, en las marchas en Washington de septiembre, en la desenfrenada oposición de ciertos medios de comunicación (sobre todo la radio y la cadena Fox), de una revuelta conservadora clásica: anti-Gobierno, anti-europea, anti-Washington, anti-"socialista": nada nuevo bajo el sol.
Pero otros editorialistas, como Frank Rich de The New York Times, y otros políticos demócratas como Jimmy Carter y la bancada afro-americana en el Congreso, menos proclives al imperativo de la corrección política, aseveraron en público lo que otros piensan en privado. Por supuesto que el racismo se halla presente en el mero centro del debate sobre la salud, dijeron, pero también en las discusiones que vienen: la reforma migratoria, la postura en Afganistán, el cambio climático. Por una sencilla razón: una parte -no toda, por supuesto- de la derecha norteamericana de base, es racista; y el racismo en Estados Unidos suele ser, ideológicamente, de derecha también.
Recordémoslo: no es así siempre, ni en todas partes. A principios y mediados de los años ochenta, el viejo electorado comunista en Francia abandonó al partido de Maurice Thorez y de Georges Marchais para votar por Le Pen; las banlieux rouges de París y Marsella le entregaron sus sufragios a un partido y a un líder racista. No dejaron de ser "de izquierda" pero se volvieron, o siempre habían sido, anti-inmigrantes, anti-árabes: en una palabra, racistas.
Obama no puede eliminar el racismo aún profundamente arraigado en la sociedad norteamericana, que es a su vez, sin duda, la menos racista de las sociedades post-industriales. Pero puede neutralizarlo, desactivarlo, moderarlo, en su caso, esterilizarlo políticamente: que los Estados y los votantes menos tolerantes sigan despreciando a los latinos, afro-americanos, asiático-americanos, pero voten por algunos candidatos de dichos orígenes étnicos, o por lo menos por uno de ellos: el propio Obama. No siempre, ni en todos lados, por cierto: en Luisiana, uno de los Estados más pobres de la Unión americana, por ejemplo, Obama obtuvo únicamente el 14% del voto blanco.
Pero no realizará jamás esa faena casi imposible si además de ser negro, propone políticas absolutamente deseables, necesarias, y sensatas, pero que contradicen los cánones más fundamentales de esa derecha. Al contrario: multiplicará las oposiciones a sus políticas y a su persona, al sumar las primeras a las segundas. Agudizará la animosidad de la derecha, por ser de izquierda; y la del racismo blanco, por ser negro. Tiene que escoger.
Conviene citar dos antecedentes, en apariencia contradictorios, pero en el fondo coincidentes. Algunos lectores recordarán cómo Bill Clinton y su esposa también lucharon por reformar (de manera menos ambiciosa que Obama) la protección social de Estados Unidos en 1993, y fueron derrotados, siendo no sólo blancos, sino centristas y oriundos de un Estado sureño. He allí la prueba, se dirá, que ni siquiera un blanco "derechizado" puede lograr mucho.
Pero conviene ubicar el tema en su contexto histórico. Los únicos presidentes demócratas desde 1964 en Estados Unidos -hace ya casi medio siglo- han sido sureños centristas, que realizaron transformaciones progresistas importantes, pero justamente por blindarse a su derecha. Lyndon Johnson, de Texas, a pesar de su debacle en Vietnam, consumó las reformas sociales más importantes de Estados Unidos desde Roosevelt; Jimmy Carter, de Georgia, promovió la política exterior norteamericana más avanzada de la historia moderna, centrada en los derechos humanos; y Bill Clinton, a pesar de sus taras personales, logró el crecimiento económico y el prestigio internacional más destacado de su país desde John Kennedy. La clave: provenían del sur, no espantaban, al principio, a la derecha, y supieron "recentrarse" el tiempo necesario para sacar adelante reformas fundamentales.
Obama no es del sur, no es blanco, y es mucho más progresista y preparado ideológicamente que Johnson, Carter o Clinton. Pero esto, que le favorece enormemente como orador y pensador, puede resultar contraproducente en materia electoral y política.
Si insiste en ser un primer mandatario progresista en lo interno -con una ambiciosa reforma de salud, migratoria, ambiental, laboral, etc.- puede lograrlo, pero sólo contra una verdadera insurrección de base de la derecha republicana, racista y conservadora, que cada día con mayor vehemencia esgrimirá argumentos -o insultos- racistas. Y ello pondrá en riesgo no sólo su propia reelección en 2012, sino la de cualquier afro-americano durante años.
A la inversa, si trata de presentarse como un presidente de centro -quizás utilizando para ello la política exterior, tradicional refugio conservador de presidentes progresistas en lo interno: Truman, Johnson y Kennedy, por ejemplo- podrá lograr que amaine la tormenta racista.
Podrá demostrar que un presidente afro-americano no es necesariamente un "radical", pero decepcionará -algunos dirán traicionará- a su base progresista. Estados Unidos, con su infinita capacidad de reinventarse y experimentar, goza hoy del lujo de plantearse este tipo de dilemas.
Obama, sin duda el mandatario más ilustrado y pensante que ha gobernado su país en décadas, padece el dilema del anverso de la medalla. Tiene que optar entre ser negro y ser progresista; por ahora, claramente ha escogido el segundo camino; apuesto que muy pronto lo descartará a favor del primero.
Jorge Castañeda, ex secretario de Relaciones Exteriores de México, es profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York.
UN RUMANO Y SU VISION POLITICA DE ARGENTINA
En ese fascinante mundo del Poder, es realmente reflexivo la visión que tiene Tomás Abraham, un intelectual nacido en Rumania que ha hecho toda su vida en la Argentina. Desde su particular punto de vista pasa revista a la coyuntura actual de ese hermoso país y nos da una visión de la Argentina de hoy.
"Vivimos tiempos de estafas ideológicas", habla Tomás Abraham, intelectual rumano radicado en Argentina.
"Se siente, se siente, Platón está presente".
"Los muchachos hegelianos todos unidos triunfaremos".
"Nietzsche, querido, el pueblo está contigo".
"Aquí están, estos son, los soldados de Foucault".
Nadie imagina que los filósofos terminen entonando estribillos característicos de la militancia política argentina para expresar sus opiniones, pero es cierto que no son esos personajes algo exóticos que, a tono con el clásico estereotipo, se dedican a la contemplación y al pensamiento, aislados de la realidad.
Hay algunos, como Tomás Abraham, que asumen al máximo el fuerte compromiso con la opinión política e incluso con la acción política en sí misma. Claro que, en este caso, este hombre de 62 años que nació en Rumania, se graduó en Francia, dio clases en varias universidades y escribe libros y columnas periodísticas, se abonó a demasiadas polémicas en la Argentina por su estilo irreverente, cáustico, ajeno a los eufemismos. Que no elude hablar sobre el fenómeno de la televisión ni, mucho menos, el fútbol (es fanático de Vélez).
Que no sólo despedaza sin piedad a los Kirchner y a sus intelectuales aliados de Carta Abierta, sino que explica por qué adhiere a la figura del gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, pese a que califica al Partido Socialista de "pequeño y sectario", y por qué piensa que, antes que "comerse los sapos ideológicos", la sociedad debería respaldar a los políticos por sus valores, por sus modos de hacer las cosas y no por lo que dicen.
"Si veo que un gobierno se da un beso con Evo Morales y, al mismo tiempo, desaparecen 1000 millones de dólares de Santa Cruz -dice Abraham -, eso no es progresista, es otra cosa. Es una estafa. Y estamos viviendo tiempos de estafas ideológicas, no de decadencia de valores".
El filósofo, autor de libros como Los senderos de Foucault , La empresa de vivir y El presente absoluto , desarrolla una agitada vida periodística: escribe una columna semanal en el diario Perfil y actualiza obsesivamente su sitio de Internet ( tomasabraham.com.ar ) y su blog, Pan rayado ( tomabra.wordpress.com ).
No es casual: "Eso es hacer filosofía -afirma-. Estoy todo el tiempo pensando ese misterio insondable que se llama Argentina, que es un problema que los escolásticos no tuvieron, y eso que tuvieron sus problemas. Lo que les falta a los filósofos nacionales e internacionales es hacer periodismo. Pero como yo lo entiendo, que es pensar la actualidad. Muchos dicen que todo el mundo es una catástrofe, que todos nos vamos a morir de hambre, que el imperio va a arrasar con todo, pero les falta el día a día. Hoy, pensar es eso".
Las críticas se extienden, obviamente, a los intelectuales que adhieren al kirchnerismo, a los que Abraham acusa, entre otras cosas, de "elaborar y justificar" una serie de "discursos de la resistencia peronista, discursos revolucionarios al estilo cubano y discursos bolivarianos, todos comprados en la mesa de saldos setentistas". Y, además, a la ley de medios, a la que también considera "parte de la estafa", porque "todo el mundo sabe que Kirchner se está vengando y que quiere destruir un aparato que rompió el pacto con él, que es el grupo Clarín".
-Una pregunta obvia, pero básica, para comenzar: ¿cómo debería ser la relación entre los intelectuales y el poder? Sobre todo porque esta es una época en la que el poder político no admite muchas discrepancias con el pensamiento dominante.
-La honestidad intelectual significa mantener la libertad. Y la adhesión no tiene por qué contradecirse con esa libertad. Es decir, el trabajo intelectual y la vocación intelectual te exige decir lo que pensás. Y callar únicamente cuando uno considera que está en riesgo la vida o la de los suyos. Pero en una sociedad democrática no hay otra alternativa. Uno puede adherir a un proyecto político siempre y cuando tenga total libertad de crítica. Yo, por ejemplo, adhiero al proyecto político del Frente Progresista de [Hermes] Binner, pero no estoy de acuerdo con muchas cosas y las digo y las escribo. Es fundamental que haya intelectuales de todo tipo que empujen las líneas de la conveniencia. Y que presenten los problemas y los obstáculos. Un político inteligente no sólo tiene que soportarlo, sino también darle lugar. No se da casi nunca.
-¿Incluye a los intelectuales de Carta Abierta? ¿Qué piensa de ellos?
-He pensado y escrito muchas cosas sobre Carta Abierta, y ninguna amable. (Risas.) Ellos nacen como un grupo político de apoyo a un gobierno que se ve desafiado por grupos sociales en la crisis de marzo de 2008. El Gobierno hace lo que vino haciendo casi desde los inicios de su gestión, desde que inaugura el Museo de la Memoria en la ESMA: apropiarse de cierta reivindicación de la sociedad argentina, darle un uso político para legitimar una política oscura en donde el manejo de los dineros públicos es reservado, en donde hay enriquecimientos aparentemente ilícitos, en donde se organizan nuevas cúpulas oligárquicas que adquieren poder una vez que llegan al gobierno. Y todo esto es legitimado por discursos de la resistencia peronista, discursos revolucionarios al estilo cubano, discursos bolivarianos. Es decir, fueron al mercado y compraron todo lo que había de saldos setentistas. Y esto es coordinado, elaborado y justificado por gente de la cultura que trata de crear un manto de protección sobre lo que ellos estiman que es un gobierno popular y frente a lo que denominan la "nueva derecha". Se ha creado algo que llamo el "sentimiento militante", que fertiliza en la generación de la "juventud maravillosa" una vejez maravillosa en la que el sentimiento militante es volver a vivir con aquellas consignas que ayudan a soportar el paso del tiempo.
-¿Son sólo sentimientos o también implica tratar de aplicar esos contenidos que vienen del pasado?
-La revolución comunista no se da en la esquina y algo ha pasado en los últimos 35 años. Para algunos no pasó nada y se puede volver como si el camino fuera el mismo. El sentimiento militante sirve para que, sin hacer gran cosa, quizá firmando alguna solicitada, uno pueda sentir que es parte de este rejuvenecimiento, de este revival . Y la participación de esto se logra de manera muy sencilla, se logra odiando al campo, odiando a Clarín , odiando a Coto. Odiando un par de cositas muy baratas se logra lo que en otra época fue una tragedia en vida. Es algo que impermeabiliza a ciertos sectores de la cultura, principalmente porteña, gente de Ciencias Sociales, de las facultades, alguna gente de teatro, alguna gente de los medios... Eso permite todo este tipo de ideologismo que poco tiene que ver con aquello que le puede dar al país un futuro que sea un poco distinto del pasado y un poco distinto también del presente.
-Usted seguramente cree que este gobierno nunca fue progresista.
-No creo en esas etiquetas, cuando uno dice que ése es de derecha y el otro es progresista. Creo más en algo que dice "Pepe" Mujica, el candidato a presidente de Uruguay: nos tenemos que juntar en base a una idealidad común y no en base a ideologías, como antes. ¿Qué es una idealidad? Tiene que ver con ciertos valores y ciertos modos de hacer, no con ciertos modos de discursear. No me importa la palabra progresista. ¿Qué se hace con eso si hay un gobierno que no tiene una sola denuncia por corrupción en veinte años de intendencia, como en Rosario? Pero si veo un gobierno que se da un beso con Evo Morales y, al mismo tiempo, desaparecen 1000 millones de dólares de Santa Cruz, no es progresista, es otra cosa. Es una estafa. Y estamos viviendo tiempos de estafas ideológicas, no de decadencia de valores.
-Usted es un hombre muy mediático. ¿Dónde se ubica en el debate sobre la nueva ley de medios?
-Es parte de la estafa. Todo el mundo sabe por qué. Casi todo el mundo sabía lo que pasaba durante la dictadura, casi todo el mundo sabía que había desaparecidos Todo el mundo sabía que [Carlos] Menem era corrupto y lo votaron igual en 1995, casi con el 60 por ciento. Y todo el mundo sabe que Kirchner se está vengando y que quiere destruir un aparato que rompió el pacto con él, que es el grupo Clarín.
Todo el mundo decía: "No tienen vergüenza los de Clarín de sacar estos titulares a favor de Kirchner". Pero era inevitable romper el pacto salvo que el grupo Clarín quisiera quedarse sin avisadores, sin lectores, sin oyentes, sin televidentes, cuando había medio país levantado en las rutas. Yo soy un ciudadano común: leo el diario, escucho radio, veo televisión y navego por Internet. Que me digan que yo viví bajo un monopolio no es sólo faltarme el respeto a mí y a millones, porque prendo la radio a las 6 de la mañana y empiezo con la emisora de las Madres de Plaza de Mayo, y después lo escucho a [Luis] D´Elía, y después a Magdalena [Ruiz Guiñazú], y luego a [Ernesto] Tenembaum y sigo hasta Chiche [Gelblung]. ¿De qué monopolio estamos hablando? ¿Que Clarín tenía un peso excesivo? Sí, gracias a Kirchner.
¿Por qué le regalaron el cable? No tengo la menor idea. No me cabe duda de que Clarín ocupa una porción importante de la torta, pero, ¿para qué hay una ley de defensa de la competencia? Se puede regular el mundo mediático como se debería hacer con las fábricas de galletitas. ¿O sólo hay un peso excesivo en el mundo de los medios? Todo esto es para embarrar la cancha con el fin de hacerse de un beneficio. ¿Cuál? El de siempre: ocupar más lugares de poder económico y político por parte de esta nueva oligarquía kirchnerista.
-Usted es muy duro, pero el socialismo, al cual adhiere, votó la ley.
-Lo critiqué en Perfil . Hay algo que le toca en el talón de Aquiles a cierto progresismo, que tiene una idea del Estado como si fuera un ángel con un arpa. Entonces les dicen: a Aerolíneas hay que sacarla de la esfera privada y pasarla a la estatal. Y después, lo mismo con las AFJP. O que [Guillermo] Estévez Boero también pensó en una ley de radiodifusión. Todo forma parte de la idiosincrasia socialista. Y le están entregando los dineros del pueblo a un gobierno de cajas reservadas y que no rinde cuentas de lo que hace. ¿Que están socializando? No, están privatizando. Porque la privatización no es únicamente hacer privado un servicio público, sino también apropiarse privadamente de los dineros públicos.
-¿Y el papel de la oposición? Faltan ideas, pero hay un intento de Duhalde y de Rodolfo Terragno de alcanzar un pacto de gobernabilidad sobre la base de acordar políticas de Estado.
-Son intenciones o deseos. Y me permito desconfiar de Duhalde. ¿Qué antecedentes tiene para que confíe en él? ¿Por su labor como intendente o como gobernador? ¿Por haber sido vicepresidente de Menem? ¿Por haber sido uno de los que diagramó el golpe de Estado popular contra [Fernando] De la Rúa? ¿Ahora, de repente, él me va a garantizar la paz social en la Argentina? No sé qué hace Terragno ahí. Pero no sé si antes no prefiero a Kirchner. Duhalde sería como volver a una especie de fascismo criollo.
-Y a Kirchner, ¿dónde lo ubica?
-No sé. Ahí no hay doctrina, es un pragmático. Como Menem. Son muy parecidos, aunque con estilos diferentes. Son un poco psicópatas. El poder los vuelve locos. No es gente sana del todo, es un poco perversa.
-¿Y Julio Cobos? ¿Y Carrió?
-Cobos tiene una ventaja: es mentiroso, algo que en política, a veces, rinde. No le veo nada adentro (se señala la cabeza). ¿Qué Argentina nos propone? ¿Trae de Mendoza algo especial? No sé qué hace un vicepresidente. Con la resolución 125 tuvo un buen voto. De la Coalición Cívica sabemos que a [Elisa] Carrió hay que ayudarla, ya que ella no nos va a ayudar a nosotros. [Pino] Solanas cree que todavía estamos en 1950. Y después hay dirigentes interesantes como [Margarita] Stolbizer o [Martín] Sabbatella. Hay que seguir apoyando a aquellos que ocupan pequeños poderes, pero que son distintos, que son ejemplos. Pero de Sabbatella, por ejemplo, el discurso ideológico no vale nada. Lo que vale es qué hizo en Morón. Rajó a [Juan Carlos] Rousselot. ¿Por qué le tiene confianza la gente? De eso quiero hablar, no de que Aerolíneas está bien. Quiero que me hablen de lo que hacen, porque a veces lo que dicen no coindice con lo que hacen. Hoy, la política es otra cosa, es lo que hacés.
No importa si [Nicolas] Sarkozy en un momento era de derecha. Por algo se fueron muchos socialistas con él. No nos comamos los sapos ideológicos. Ni siquiera de [Silvio] Berlusconi. ¿Los italianos son todos fascistas porque lo apoyan? Abramos un poco la cabeza. Hay que ver qué hacés, qué hiciste por la gente. La ciudadanía argentina siempre depositó en los políticos los males o la salvación. Como si no fuera responsable. Es todo lo contrario. Se ha dejado sola a gente muy capaz.
-¿Por qué confía en Binner?
-Hay algo más importante que el apoyo a la ley de medios, que es el modo en el que él concibe hacer política. Y más importante que su partido, que es sectario y pequeño. Con él no se puede hablar de política, sino del hospital que está haciendo, de las escuelas que está construyendo. Tiene una visión distinta de lo público. Es práctico, no pragmático. No me recita a Alfredo Palacios ni me habla del contrato moral ni de las mafias que están enquistadas en el poder. El muestra que se puede gobernar de otro modo. Yo tenía un proyecto de juntar a profesionales e intelectuales con gente de gestión. Esa era la idea por la que se creó este lugar que coordino, el Centro de Estudios Muncipales y Provinciales.
-¿Sale algo distinto de juntar a intelectuales con funcionarios?
-Con un gobierno abierto a la innovación, con ganas de transformación y que está en plena gestión, se le puede enseñar a estos intelectuales que manejar un gobierno no es únicamente aplicar la matriz de una ideología, porque te encontrás con los escollos y tenés que negociar cosas. Eso le puede enseñar el funcionario al intelectual, y éste le puede abrir la cabeza porque una vez que entra al gobierno se mete en la burocracia. Para mí, esto es hacer filosofía: estoy todo el tiempo pensando este misterio insondable que se llama República Argentina, que es un problema que los escolásticos no tuvieron, y eso que tuvieron sus problemas.
-¿Cómo lo ayuda la filosofía a entender profundamente el país?
-Es primordial. Lo que les falta a los filósofos nacionales e internacionales es hacer periodismo. Pero como yo lo entiendo, que es pensar la actualidad. Muchos dicen que todo el mundo es una catástrofe, que todos nos vamos a morir de hambre, que el imperio va a arrasar con todo, pero les falta el día a día. Jorge Semprún, el gran escritor que fue ministro de Cultura de España, dijo que ser progresista no es de a poco, es día a día. Y yo trabajé en una empresa familiar durante 20 años y aprendí lo que es el día a día. Hoy, pensar es eso. Ir a lo puntual y tratar de crear conexiones. No poner la matriz en una cosa gorda, inalcanzable.
MANO A MANO
La sola idea de charlar con un filósofo puede asociarse con la solemnidad, con el desafío de intentar decodificar un discurso alambicado y lleno de citas incomprensibles. Pero Tomás Abraham es lo menos parecido que he visto al estereotipo del filósofo académico. Es inquieto, chispeante, arbitrario, apasionado, contradictorio. Lo entrevisté en su estudio de Palermo, con clima de atelier parisiense, lleno de libros, papeles, fotos de Janis Joplin y Billie Holiday y, sobre todo, un enorme banderín de Vélez Sarsfield. Es un buen orador, rápido, agudo, pero sus análisis pueden desorientar. A veces parece de derecha, a veces de izquierda. El lo sabe y, me pareció, disfruta de este juego de apariencias. "Hay gente que me odia, ¿no?", me preguntó cuando hablamos de su estilo punzante, controvertido. Aun así, se negó a responder al ping-pong que le propuse para saber qué pensaba sobre intelectuales como Beatriz Sarlo o José Pablo Feinmann. "¿Por qué tengo que opinar sobre ellos? Sigamos, porque todo el esfuerzo que hago por pensar se va a perder cuando la gente diga: ´¡Mirá lo que opina de Feinmann!´. Que cada uno haga lo que quiera". Debo admitir que me pareció una filosofía inteligente.
"Vivimos tiempos de estafas ideológicas", habla Tomás Abraham, intelectual rumano radicado en Argentina.
"Se siente, se siente, Platón está presente".
"Los muchachos hegelianos todos unidos triunfaremos".
"Nietzsche, querido, el pueblo está contigo".
"Aquí están, estos son, los soldados de Foucault".
Nadie imagina que los filósofos terminen entonando estribillos característicos de la militancia política argentina para expresar sus opiniones, pero es cierto que no son esos personajes algo exóticos que, a tono con el clásico estereotipo, se dedican a la contemplación y al pensamiento, aislados de la realidad.
Hay algunos, como Tomás Abraham, que asumen al máximo el fuerte compromiso con la opinión política e incluso con la acción política en sí misma. Claro que, en este caso, este hombre de 62 años que nació en Rumania, se graduó en Francia, dio clases en varias universidades y escribe libros y columnas periodísticas, se abonó a demasiadas polémicas en la Argentina por su estilo irreverente, cáustico, ajeno a los eufemismos. Que no elude hablar sobre el fenómeno de la televisión ni, mucho menos, el fútbol (es fanático de Vélez).
Que no sólo despedaza sin piedad a los Kirchner y a sus intelectuales aliados de Carta Abierta, sino que explica por qué adhiere a la figura del gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, pese a que califica al Partido Socialista de "pequeño y sectario", y por qué piensa que, antes que "comerse los sapos ideológicos", la sociedad debería respaldar a los políticos por sus valores, por sus modos de hacer las cosas y no por lo que dicen.
"Si veo que un gobierno se da un beso con Evo Morales y, al mismo tiempo, desaparecen 1000 millones de dólares de Santa Cruz -dice Abraham -, eso no es progresista, es otra cosa. Es una estafa. Y estamos viviendo tiempos de estafas ideológicas, no de decadencia de valores".
El filósofo, autor de libros como Los senderos de Foucault , La empresa de vivir y El presente absoluto , desarrolla una agitada vida periodística: escribe una columna semanal en el diario Perfil y actualiza obsesivamente su sitio de Internet ( tomasabraham.com.ar ) y su blog, Pan rayado ( tomabra.wordpress.com ).
No es casual: "Eso es hacer filosofía -afirma-. Estoy todo el tiempo pensando ese misterio insondable que se llama Argentina, que es un problema que los escolásticos no tuvieron, y eso que tuvieron sus problemas. Lo que les falta a los filósofos nacionales e internacionales es hacer periodismo. Pero como yo lo entiendo, que es pensar la actualidad. Muchos dicen que todo el mundo es una catástrofe, que todos nos vamos a morir de hambre, que el imperio va a arrasar con todo, pero les falta el día a día. Hoy, pensar es eso".
Las críticas se extienden, obviamente, a los intelectuales que adhieren al kirchnerismo, a los que Abraham acusa, entre otras cosas, de "elaborar y justificar" una serie de "discursos de la resistencia peronista, discursos revolucionarios al estilo cubano y discursos bolivarianos, todos comprados en la mesa de saldos setentistas". Y, además, a la ley de medios, a la que también considera "parte de la estafa", porque "todo el mundo sabe que Kirchner se está vengando y que quiere destruir un aparato que rompió el pacto con él, que es el grupo Clarín".
-Una pregunta obvia, pero básica, para comenzar: ¿cómo debería ser la relación entre los intelectuales y el poder? Sobre todo porque esta es una época en la que el poder político no admite muchas discrepancias con el pensamiento dominante.
-La honestidad intelectual significa mantener la libertad. Y la adhesión no tiene por qué contradecirse con esa libertad. Es decir, el trabajo intelectual y la vocación intelectual te exige decir lo que pensás. Y callar únicamente cuando uno considera que está en riesgo la vida o la de los suyos. Pero en una sociedad democrática no hay otra alternativa. Uno puede adherir a un proyecto político siempre y cuando tenga total libertad de crítica. Yo, por ejemplo, adhiero al proyecto político del Frente Progresista de [Hermes] Binner, pero no estoy de acuerdo con muchas cosas y las digo y las escribo. Es fundamental que haya intelectuales de todo tipo que empujen las líneas de la conveniencia. Y que presenten los problemas y los obstáculos. Un político inteligente no sólo tiene que soportarlo, sino también darle lugar. No se da casi nunca.
-¿Incluye a los intelectuales de Carta Abierta? ¿Qué piensa de ellos?
-He pensado y escrito muchas cosas sobre Carta Abierta, y ninguna amable. (Risas.) Ellos nacen como un grupo político de apoyo a un gobierno que se ve desafiado por grupos sociales en la crisis de marzo de 2008. El Gobierno hace lo que vino haciendo casi desde los inicios de su gestión, desde que inaugura el Museo de la Memoria en la ESMA: apropiarse de cierta reivindicación de la sociedad argentina, darle un uso político para legitimar una política oscura en donde el manejo de los dineros públicos es reservado, en donde hay enriquecimientos aparentemente ilícitos, en donde se organizan nuevas cúpulas oligárquicas que adquieren poder una vez que llegan al gobierno. Y todo esto es legitimado por discursos de la resistencia peronista, discursos revolucionarios al estilo cubano, discursos bolivarianos. Es decir, fueron al mercado y compraron todo lo que había de saldos setentistas. Y esto es coordinado, elaborado y justificado por gente de la cultura que trata de crear un manto de protección sobre lo que ellos estiman que es un gobierno popular y frente a lo que denominan la "nueva derecha". Se ha creado algo que llamo el "sentimiento militante", que fertiliza en la generación de la "juventud maravillosa" una vejez maravillosa en la que el sentimiento militante es volver a vivir con aquellas consignas que ayudan a soportar el paso del tiempo.
-¿Son sólo sentimientos o también implica tratar de aplicar esos contenidos que vienen del pasado?
-La revolución comunista no se da en la esquina y algo ha pasado en los últimos 35 años. Para algunos no pasó nada y se puede volver como si el camino fuera el mismo. El sentimiento militante sirve para que, sin hacer gran cosa, quizá firmando alguna solicitada, uno pueda sentir que es parte de este rejuvenecimiento, de este revival . Y la participación de esto se logra de manera muy sencilla, se logra odiando al campo, odiando a Clarín , odiando a Coto. Odiando un par de cositas muy baratas se logra lo que en otra época fue una tragedia en vida. Es algo que impermeabiliza a ciertos sectores de la cultura, principalmente porteña, gente de Ciencias Sociales, de las facultades, alguna gente de teatro, alguna gente de los medios... Eso permite todo este tipo de ideologismo que poco tiene que ver con aquello que le puede dar al país un futuro que sea un poco distinto del pasado y un poco distinto también del presente.
-Usted seguramente cree que este gobierno nunca fue progresista.
-No creo en esas etiquetas, cuando uno dice que ése es de derecha y el otro es progresista. Creo más en algo que dice "Pepe" Mujica, el candidato a presidente de Uruguay: nos tenemos que juntar en base a una idealidad común y no en base a ideologías, como antes. ¿Qué es una idealidad? Tiene que ver con ciertos valores y ciertos modos de hacer, no con ciertos modos de discursear. No me importa la palabra progresista. ¿Qué se hace con eso si hay un gobierno que no tiene una sola denuncia por corrupción en veinte años de intendencia, como en Rosario? Pero si veo un gobierno que se da un beso con Evo Morales y, al mismo tiempo, desaparecen 1000 millones de dólares de Santa Cruz, no es progresista, es otra cosa. Es una estafa. Y estamos viviendo tiempos de estafas ideológicas, no de decadencia de valores.
-Usted es un hombre muy mediático. ¿Dónde se ubica en el debate sobre la nueva ley de medios?
-Es parte de la estafa. Todo el mundo sabe por qué. Casi todo el mundo sabía lo que pasaba durante la dictadura, casi todo el mundo sabía que había desaparecidos Todo el mundo sabía que [Carlos] Menem era corrupto y lo votaron igual en 1995, casi con el 60 por ciento. Y todo el mundo sabe que Kirchner se está vengando y que quiere destruir un aparato que rompió el pacto con él, que es el grupo Clarín.
Todo el mundo decía: "No tienen vergüenza los de Clarín de sacar estos titulares a favor de Kirchner". Pero era inevitable romper el pacto salvo que el grupo Clarín quisiera quedarse sin avisadores, sin lectores, sin oyentes, sin televidentes, cuando había medio país levantado en las rutas. Yo soy un ciudadano común: leo el diario, escucho radio, veo televisión y navego por Internet. Que me digan que yo viví bajo un monopolio no es sólo faltarme el respeto a mí y a millones, porque prendo la radio a las 6 de la mañana y empiezo con la emisora de las Madres de Plaza de Mayo, y después lo escucho a [Luis] D´Elía, y después a Magdalena [Ruiz Guiñazú], y luego a [Ernesto] Tenembaum y sigo hasta Chiche [Gelblung]. ¿De qué monopolio estamos hablando? ¿Que Clarín tenía un peso excesivo? Sí, gracias a Kirchner.
¿Por qué le regalaron el cable? No tengo la menor idea. No me cabe duda de que Clarín ocupa una porción importante de la torta, pero, ¿para qué hay una ley de defensa de la competencia? Se puede regular el mundo mediático como se debería hacer con las fábricas de galletitas. ¿O sólo hay un peso excesivo en el mundo de los medios? Todo esto es para embarrar la cancha con el fin de hacerse de un beneficio. ¿Cuál? El de siempre: ocupar más lugares de poder económico y político por parte de esta nueva oligarquía kirchnerista.
-Usted es muy duro, pero el socialismo, al cual adhiere, votó la ley.
-Lo critiqué en Perfil . Hay algo que le toca en el talón de Aquiles a cierto progresismo, que tiene una idea del Estado como si fuera un ángel con un arpa. Entonces les dicen: a Aerolíneas hay que sacarla de la esfera privada y pasarla a la estatal. Y después, lo mismo con las AFJP. O que [Guillermo] Estévez Boero también pensó en una ley de radiodifusión. Todo forma parte de la idiosincrasia socialista. Y le están entregando los dineros del pueblo a un gobierno de cajas reservadas y que no rinde cuentas de lo que hace. ¿Que están socializando? No, están privatizando. Porque la privatización no es únicamente hacer privado un servicio público, sino también apropiarse privadamente de los dineros públicos.
-¿Y el papel de la oposición? Faltan ideas, pero hay un intento de Duhalde y de Rodolfo Terragno de alcanzar un pacto de gobernabilidad sobre la base de acordar políticas de Estado.
-Son intenciones o deseos. Y me permito desconfiar de Duhalde. ¿Qué antecedentes tiene para que confíe en él? ¿Por su labor como intendente o como gobernador? ¿Por haber sido vicepresidente de Menem? ¿Por haber sido uno de los que diagramó el golpe de Estado popular contra [Fernando] De la Rúa? ¿Ahora, de repente, él me va a garantizar la paz social en la Argentina? No sé qué hace Terragno ahí. Pero no sé si antes no prefiero a Kirchner. Duhalde sería como volver a una especie de fascismo criollo.
-Y a Kirchner, ¿dónde lo ubica?
-No sé. Ahí no hay doctrina, es un pragmático. Como Menem. Son muy parecidos, aunque con estilos diferentes. Son un poco psicópatas. El poder los vuelve locos. No es gente sana del todo, es un poco perversa.
-¿Y Julio Cobos? ¿Y Carrió?
-Cobos tiene una ventaja: es mentiroso, algo que en política, a veces, rinde. No le veo nada adentro (se señala la cabeza). ¿Qué Argentina nos propone? ¿Trae de Mendoza algo especial? No sé qué hace un vicepresidente. Con la resolución 125 tuvo un buen voto. De la Coalición Cívica sabemos que a [Elisa] Carrió hay que ayudarla, ya que ella no nos va a ayudar a nosotros. [Pino] Solanas cree que todavía estamos en 1950. Y después hay dirigentes interesantes como [Margarita] Stolbizer o [Martín] Sabbatella. Hay que seguir apoyando a aquellos que ocupan pequeños poderes, pero que son distintos, que son ejemplos. Pero de Sabbatella, por ejemplo, el discurso ideológico no vale nada. Lo que vale es qué hizo en Morón. Rajó a [Juan Carlos] Rousselot. ¿Por qué le tiene confianza la gente? De eso quiero hablar, no de que Aerolíneas está bien. Quiero que me hablen de lo que hacen, porque a veces lo que dicen no coindice con lo que hacen. Hoy, la política es otra cosa, es lo que hacés.
No importa si [Nicolas] Sarkozy en un momento era de derecha. Por algo se fueron muchos socialistas con él. No nos comamos los sapos ideológicos. Ni siquiera de [Silvio] Berlusconi. ¿Los italianos son todos fascistas porque lo apoyan? Abramos un poco la cabeza. Hay que ver qué hacés, qué hiciste por la gente. La ciudadanía argentina siempre depositó en los políticos los males o la salvación. Como si no fuera responsable. Es todo lo contrario. Se ha dejado sola a gente muy capaz.
-¿Por qué confía en Binner?
-Hay algo más importante que el apoyo a la ley de medios, que es el modo en el que él concibe hacer política. Y más importante que su partido, que es sectario y pequeño. Con él no se puede hablar de política, sino del hospital que está haciendo, de las escuelas que está construyendo. Tiene una visión distinta de lo público. Es práctico, no pragmático. No me recita a Alfredo Palacios ni me habla del contrato moral ni de las mafias que están enquistadas en el poder. El muestra que se puede gobernar de otro modo. Yo tenía un proyecto de juntar a profesionales e intelectuales con gente de gestión. Esa era la idea por la que se creó este lugar que coordino, el Centro de Estudios Muncipales y Provinciales.
-¿Sale algo distinto de juntar a intelectuales con funcionarios?
-Con un gobierno abierto a la innovación, con ganas de transformación y que está en plena gestión, se le puede enseñar a estos intelectuales que manejar un gobierno no es únicamente aplicar la matriz de una ideología, porque te encontrás con los escollos y tenés que negociar cosas. Eso le puede enseñar el funcionario al intelectual, y éste le puede abrir la cabeza porque una vez que entra al gobierno se mete en la burocracia. Para mí, esto es hacer filosofía: estoy todo el tiempo pensando este misterio insondable que se llama República Argentina, que es un problema que los escolásticos no tuvieron, y eso que tuvieron sus problemas.
-¿Cómo lo ayuda la filosofía a entender profundamente el país?
-Es primordial. Lo que les falta a los filósofos nacionales e internacionales es hacer periodismo. Pero como yo lo entiendo, que es pensar la actualidad. Muchos dicen que todo el mundo es una catástrofe, que todos nos vamos a morir de hambre, que el imperio va a arrasar con todo, pero les falta el día a día. Jorge Semprún, el gran escritor que fue ministro de Cultura de España, dijo que ser progresista no es de a poco, es día a día. Y yo trabajé en una empresa familiar durante 20 años y aprendí lo que es el día a día. Hoy, pensar es eso. Ir a lo puntual y tratar de crear conexiones. No poner la matriz en una cosa gorda, inalcanzable.
MANO A MANO
La sola idea de charlar con un filósofo puede asociarse con la solemnidad, con el desafío de intentar decodificar un discurso alambicado y lleno de citas incomprensibles. Pero Tomás Abraham es lo menos parecido que he visto al estereotipo del filósofo académico. Es inquieto, chispeante, arbitrario, apasionado, contradictorio. Lo entrevisté en su estudio de Palermo, con clima de atelier parisiense, lleno de libros, papeles, fotos de Janis Joplin y Billie Holiday y, sobre todo, un enorme banderín de Vélez Sarsfield. Es un buen orador, rápido, agudo, pero sus análisis pueden desorientar. A veces parece de derecha, a veces de izquierda. El lo sabe y, me pareció, disfruta de este juego de apariencias. "Hay gente que me odia, ¿no?", me preguntó cuando hablamos de su estilo punzante, controvertido. Aun así, se negó a responder al ping-pong que le propuse para saber qué pensaba sobre intelectuales como Beatriz Sarlo o José Pablo Feinmann. "¿Por qué tengo que opinar sobre ellos? Sigamos, porque todo el esfuerzo que hago por pensar se va a perder cuando la gente diga: ´¡Mirá lo que opina de Feinmann!´. Que cada uno haga lo que quiera". Debo admitir que me pareció una filosofía inteligente.
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